¿Se sienten las sensaciones?
Sensación es un término ambiguo, al menos en el contexto de la fisiología neuronal, lo mismo que el equivalente verbal: sentir.
Siento dolor, siento mareo, me siento cansado, aburrido, alegre…
Intuitivamente damos por sentado que las sensaciones se producen allí donde las sentimos. Siento dolor de cabeza indicaría que en la cabeza sucede algo que genera dolor y que ese algo es sentido por las neuronas que vigilan (nociceptores).
Los nociceptores vigilantes disponen de sensores, sensibles a estímulos potencialmente nocivos. Son proteínas insertadas en la membrana de las terminaciones nerviosas con una estructura espacial compleja de los átomos, que conforman un canal que habitualmente está cerrado, impidiendo así el paso de cargas positivas del exterior al interior negativo.
La membrana es un condensador, una pila o batería, como se quiera.
El canal se abre con una energía específica. Algunas proteína son sensibles a una temperatura alta, potencialmente nociva; otras a una baja, también nociva; otras a una energía mecánica y otras a una determinada molécula.
Tocamos un objeto caliente, muy caliente, digamos que a 48 grados. La temperatura modifica la estructura espacial de la proteína. El canal iónico se abre y el ion sodio, de carga positiva, puede entrar al interior de la neurona. Ese flujo de carga la denominamos corriente eléctrica y puede ser registrado con la tecnología adecuada (patch-clamp). En pocos milisegundos una bomba iónica vuelve a restablecer la distribución de cargas previa al estímulo, consumiendo energía. El sensor térmico vuelve a abrirse mientras persista el contacto con la fuente de calor.
¿La proteína ha sentido ese calor nocivo? Simplemente se ha plegado de otro modo y se ha vuelto a replegar. Como resultado, una minicorriente eléctrica se propaga junto con otras minicorrientes por la membrana de la neurona, decayendo en tiempo y espacio. Si hay suficiente corriente, otro sensor, otra proteína con canal iónico cerrado, modificará su estructura espacial, por la llegada de la corriente. ¿Habrá sentido la corriente?
El primer sensor ha sentido (sensado) temperatura alta, potencialmente nociva. El otro, corriente, inofensiva, pero informativa de la nocividad potencial que ha sensado el primero.
Un lío, que no acaba aquí.
¿Hasta qué punto la proteína siente?
Si seguimos la pista a la corriente de la proteína sensible a la corriente veremos que acaba generando la apertura del canal iónico de otra proteína situada en la terminal central, en la médula. Ante el estímulos de la corriente la proteína modifica su estructura espacial. El canal iónico se abre. Entra el ion calcio, provocando la liberación de Glutamato y otras moléculas en la sinapsis (punto de conexión) con otra neurona, que conducirá las señales recibidas hacia múltiples centros situados aguas arriba.
¿Las proteínas que abren el canal de calcio han sentido una corriente eléctrica?
¿Los receptores de glutamato han sentido el glutamato?
¿Las placas motoras de los miocitos sienten la acetil colina y responden modificando la forma de la fibra muscular?
No tenemos ni idea si las proteínas sienten o no sienten. Sí sabemos que modifican su estructura espacial ante determinados estímulos (temperaturas altas o bajas, energías mecánicas ofensivas o inofensivas, moléculas, corrientes eléctricas…)
También sabemos que sentimos dolor cuando decimos que lo sentimos, aunque los demás no lo sientan.
No tenemos proteínas especiales que nos hacen sentir dolor, sino enrevesados patrones de conectividad entre millones de neuronas, todas ellas provistas de proteínas sensoras a moléculas y corrientes eléctricas. Ese patrón de proteínas que se pliegan y repliegan a la vez es el que hace que sintamos dolor.
En mi opinión al proceso de sentir es más correcto describirlo como “percepción”. La palabra “sensación” no precisa a qué se refiere, en el contexto de la realidad neuronal.
Evidentemente no tenemos acceso a lo que sucede en los circuitos cuando percibimos, pensamos, nos emocionamos o tomamos decisiones. Un innumerable y cambiante número de conexiones neuronales con sensores desplegados en sus terminales, modifica la configuración espacial de sus proteínas sensoras, generando minicorrientes sentidas por proteínas electrosensibles que responden liberando moléculas (neurotransmisores) que son sentidas por las proteínas sensoras específicas.
Podemos utilizar los términos que queramos a la hora de expresarnos, pero hay que distinguir los planos de comunicación en los que estamos.
Cuando siento dolor no contaré que mis proteínas sensoras se han replegado y han fluctuado a coro a un estado de conectividad responsable de que yo sienta dolor, porque han sentido calor, frío, estirones, compresiones o moléculas, corrientes, glutamato…, por no hablar de las proteínas que han respondido también con sus canales para desactivar conexiones que perturbarían la salida del sentimiento “dolor” a la conciencia.
Cuando bebemos agua no decimos que aportamos átomos de hidrógeno y oxígeno (H2O), pero, en realidad es lo que estamos haciendo.
En mi opinión hay que distinguir entre realidad “real” (átomos, energías) y realidad percibida: narrativas construídas, cambiantes, a lo largo del aprendizaje, que reflejan el estado evaluativo-motivacional de cada momento, de cada acción en un escenario.
Un lío. Cierto, pero la biología es compleja, mucho más compleja de lo que podamos llegar a imaginar. Utilizamos el lenguaje para actuar en el mundo, individual y colectivamente. Todos sabemos qué queremos decir cuando utilizamos el término sensación o percepción, en el plano coloquial, no profesional.
Todos debiéramos esforzarnos en conocer los correlatos biológicos que subyacen a lo que sentimos, pensamos, hacemos…
En ese terreno la precisión y consenso de los término es necesaria.
Know pain, no pain
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