¡Manda huevos!
Mi hija Inés me envía una foto con estos dos comentarios suscritos por dos anónimos lectores ( M.A y Rosquis), acerca de mi libro “Desaprender la migraña”.
Curiosamente, esta noche he tenido pesadillas. Cuando eso sucede, me encuentro en una situación de riesgo de la que no puedo defenderme. Doy gritos (“¡Ayuda, ayuda!”) hasta que la propia angustia me despierta. En esta ocasión, con un manotazo defensivo que ha lanzado las gafas por el suelo. Por fin las he localizado y aquí estoy compartiendo estas dos críticas inmisericordes a mi libro. Si me quedo con ellas dentro sin compartirlas en este espacio del blog pueden generar males imprevisibles, especialmente en estos tiempos convulsos del coronavirus. Hay que dar salida a las emociones, aunque en este caso no sabría precisar de qué emoción se trata.
Dice M.A. que generalizo y ofrezco la supuesta “solución” para todos los tipos de migraña
¡Manda huevos!
Siempre insisto en el libro y en los cursos que no ofrecemos ninguna solución. Sólo conocimiento sobre biología neuroinmune. Resulta que la información aportada hace que un porcentaje sustancial de pacientes (en torno a un 70%) mejoren. Su sistema neuroinmune valida la información y descataloga los llamados desencadenantes. Vuelven a comer y beber lo prohibido y reducen considerablemente el consumo de fármacos a la vez que disminuyen de modo sustancial los días de dolor.
En mi opinión, el sistema neuroinmune nos alerta y protege de lo que cree que debe alertarnos y protegernos. Es un sistema cuya función es la de evaluar riesgos y actuar en función de lo que evalúa, a veces con razón y otras sin ella. Evolutivamente encuentra sentido en la prevención de daño necrótico (muerte celular violenta), es decir, infecciones, quemaduras, traumatismos y cosas así.
Una crisis de migraña expresa la activación innecesaria de los circuitos neuronales que vigilan y protegen la cabeza. Es como si fuera a infectarse el espacio meníngeo (meningitis) o se produjera una hemorragia (hemorragia subaracnoidea).
Sostiene M.A. que mi propuesta no contempla “temas digestivos o intolerancias como el gluten, fructosa o aceite de palma, entre otras y no son migrañas en las que intervenga sólo el cerebro. Entran en juego otros órganos”.
Antaño, los expertos achacaban la migraña a la cólera de los dioses. Algunos mortales les sacaban de quicio con su conducta y expresaban su malestar con las crisis, exigiendo a su manera unos hábitos saludables (vida ordenada, nada de alcohol ni alimentos pecaminosos).
Más adelante, era cuestión de desequilibrios de los cuatro elementos (agua, aire, tierra, fuego) o de los humores (bilis, bilis negra, flema y sangre).
Para los antiguos existía el sentido del humor, que era el que detectaba el desequilibrio y daba pie a la tormenta migrañosa, cosa que no hacía ninguna gracia a la víctima, por su escaso sentido del humor, se supone.
Luego dejó de ser una cuestión de mal y buen humor de dioses o de humanos y se pasó el testigo a las arterias. Venían al mundo con una condición de excitabilidad extrema y cualquier minucia hacía que entraran en una violenta constricción seguida de una no menos violenta dilatación, haciendo que cada latido generara un insoportable dolor. La migraña fue, y para cada vez menos expertos, sigue siendo una cefalea vascular, a pesar de que el “latido” del dolor no coincide con el latido arterial sino con la frecuencia de activación de osciladores centrales, y se haya comprobado por neuroimagen que no sucede nada relevante en el calibre de las arterias en el curso de las crisis.
Hoy en día, los expertos defienden la teoría neuronal: por mandato genético, un considerable número de ciudadanas y, menos, de ciudadanos, viene al mundo con supuestos núcleos de neuronas hiperexcitables: los llamados “generadores de migraña”. También por cualquier minucia entran en cólera y ponen en marcha la barbarie migrañosa. Incluso sin que el sufrido paciente haya hecho nada condenable, sino todo lo contrario: llevar una vida aburrida, extremadamente ordenada y llena de privaciones.
En esas estamos ahora, al sentir de los expertos. Uno nace con generadores de migraña y basta que el paciente haga algo que perturbe el delicado equilibrio de esos generadores para que pase uno o varios días perros. Los generadores acabarían excitando las terminales meníngeas del trigémino como si fuera a producirse un percance serio (hemorragia, infección). Una falsa alarma. Un confinamiento sin virus.
Desde la perspectiva de la moderna biología neuroinmune, sabemos que tanto el subsistema neuronal como el compinche inmune aprenden a catalogar (con posibles errores) como amenazantes agentes biológicos y estados físico-químicos que la evolución no ha catalogado como tales (componente congénito).
Esa es, en mi opinión, la cuestión: el aprendizaje neuroinmune. Si aprendiera sólo de la experiencia iría reduciendo la cuota de error, no sin riesgos. Afortunada y lamentablemente, el aprendizaje en nuestra especie está influido por la cultura experta. Gracias a ello seguimos vivos (yo entre ellos), pero puede que mortificados e invalidados por culpa del adoctrinamiento experto.
En fin, M.A. : no se niega que haya sistemas neuroinmunes sensibles, intolerantes a un sin fin de “desencadenantes”. Unos creéis que esa intolerancia no es aprendida, sino constitucional y, por tanto, sólo cabe la evitación. Algunos pensamos que el subsistema neuronal que nos defiende está abierto al cambio. Es plástico. Sólo necesita información.
De lo que se cree se cría.
Lo de Rosquis no tiene nombre: ¡Manda huevos! también, pero con cinco estrellas.
Dice que “en el libro te dicen que el dolor es mental, no real. Que lo provocas porque así lo has visto a gente de tu familia. Es muy psicológico… en mi caso sufro la migraña desde los 6 años y, según el libro, es porque yo quiero tener migraña. Dice lo mismo de las alergias. No lo recomendaría a personas que sufren de verdad como yo”.
Comprendo la desilusión y enfado de Rosquis si ha leído en el libro eso, aunque indudablemente, dice justo lo contrario.
Un libro acaba de escribirlo cada lector cuando lo lee. En estos dos casos, hemos escrito entre M.A., Rosquis y yo un libro infumable.
Si yo hubiera leído ese libro estaría también indignado y me pondría un rosco rotundo, pero yo no he escrito ese libro que ambos han leído.
En fin. Estas cosas no hacen gracia, quizás por mi falta de sentido del humor y mi propensión al humor melancólico o colérico.
Siempre tengo que estrujarme el majín para dar con algún tema. Llevo ya más de 1.500 entradas. M.A. y Rosquis me han facilitado la entrada de hoy.
A pesar de la pesadilla, les doy las gracias por el favor, pero ¡manda huevos!
Know migraine, no migraine.
Eso creo.
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