El dolor según National Geographic

La ciencia desentraña los misterios del dolor y explora nuevos modos de tratarlo.
Eso proclama la portada de la revista este mes.
El autor presenta lo más espectacular de los avances en Neurociencia del dolor de la mano de afamados expertos. Genes, sensores, estimulación magnética, realidad virtual. El futuro promete. Tendremos nuevos fármacos, adaptados al genoma de cada uno. Es cuestión de tiempo.
Lamentablemente, el artículo contiene errores de bulto prácticamente desde el inicio.
En una espectacular imagen de las vías y centros que generan y procesan las “señales del dolor” se muestra “cómo combate el cerebro el dolor”.
Los estímulos nocivos (térmicos, químicos, mecánicos) son detectados por los sensores de nocividad de los nociceptores, las neuronas especializadas en su detección. Hasta aquí todo correcto. A partir de ahí los errores se suceden. No hay mas que analizar el léxico. “Las fibras C perciben el dolor lento; las A delta, perciben las señales dolorosas rápidas y agudas; “las señales de dolor se transmiten”…; “llegan a la corteza somatosensorial, que identifica la intensidad y localización del dolor”; ” la corteza prefrontal envía señales descendentes para mitigar el dolor”; ” el dolor crónico es consecuencia del deterioro de neuronas y axones”; “neuronas sensibles al dolor”; “señales de dolor”; “el cerebro de los pacientes de dolor está condicionado por la exposición constante al dolor y por tanto reacciona como si todos los estímulos fueran potencialmente dolorosos”;
En definitiva: el dolor sería algo que se genera, según el autor, en tejidos dañados por estímulos nocivos. Unas neuronas especializadas, provistas de unos sensores “de dolor” detectarían ese dolor, lo codificarían en un tren de señales eléctricas y esas señales llegarían hasta el cerebro. Allí se tomaría nota del lugar en el que se ha producido el dolor y su intensidad. En otras zonas las señales de dolor generarían la lógica ansiedad y en otras se evaluaría ese dolor y se decidiría qué hacer para mitigarlo (“combatirlo”).
Al cerebro se le comunica que hay una zona que genera dolor y decide qué hacer para mitigarlo. Puede hacerlo… si quiere. Lo sabemos. Libera opiáceos y sólo hace falta que dé la orden y bloqueen en la médula espinal la transmisión de las “señales de dolor”.
Hay una referencia a pacientes que no sienten dolor (“Insensibilidad congénita al dolor”) porque sus “sensores de dolor” (receptores Nav7) son defectuosos y no lo detectan. El ideal sería disponer de esos sensores a demanda para sustituir a los que sí “detectan el dolor”. Así no sentiríamos el dolor que se produce con cualquier evento de nocividad. La ingeniería genética permitiría obligar a los genes a transcribir sensores insensibles al dolor o dispondríamos de fármacos que los bloquearan específicamente.
Es sabido que la distracción puede aliviar el dolor. La realidad virtual puede conseguir que la atención se desvíe a las imágenes en vez de al dolor. Enredamos al cerebro con imágenes atractivas y así no se entera que está doliendo.
Así están las cosas. Una prestigiosa revista de ciencia desgrana todos los errores de bulto de la neurofisiología. Supongo que los autores consultados han leído el artículo, pero nada hace pensar que hayan intentado corregir esos errores.
Por lo que sabemos hoy a ciencia al menos más cierta que la que sostiene el artículo… podemos decir que no es cierto que…
– El dolor se produzca en los tejidos. Tampoco se produce la visión en los ojos, el sonido en el oído, el olor en las narices ni el sabor en la lengua.
– No existen sensores de dolor. Es un término incorrecto. Existen sensores de energía química, térmica y mecánica nocivas, de moléculas liberadas por células necróticas (DAMPs) y de mediadores inflamatorios.
– No existen “señales de dolor”. Sí existen señales que codifican un estado de nocividad consumada o inminente.
Lo que sucede en realidad:
– La información sobre daño consumado o inminente viaja hacia diversos centros de jerarquía creciente en los que se procesa y responde de modo integrado. El nivel superior y más complejo de procesamiento es un conjunto de áreas cerebrales conocida como “neuromatriz del dolor”, no porque procese el dolor sino porque de su activación conjunta aparece en la conciencia (un ámbito misterioso para el que tenemos pocas respuestas y muchas preguntas) el sentimiento de cualidad dolor. Sólo el individuo detecta ese dolor. Lo relata y hay que creer su relato.
El sentimiento “dolor” emerge de un proceso evaluativo de amenaza que integra todo el conocimiento acumulado históricamente sobre lo que podría afectar a la integridad física de los tejidos. Es un proceso predictivo que intenta adelantarse a los incidentes de daño y evitarlos. El dolor, además de ese componente evaluativo, contiene una pulsión motivacional que, lógicamente, no consiste en mitigarlo o combatirlo. Sería absurdo que un proceso evaluativo-motivacional que aparece expresado en la conciencia como “dolor” promoviera una “decisión de combatirlo” llevando la contraria a lo que lo ha generado.
– La modulación descendente no “pretende” mitigar el dolor, sino bloquear la conducción de la información de nocividad consumada o inminente a las áreas cerebrales responsables de generar el componente emocional de sufrimiento que caracteriza al dolor. En un contexto de peligro real (por ejemplo, la conocida imagen del corredor del encierro de San Fermín, con el muslo abierto por el asta del toro que lo persigue) el proceso evaluativo-motivacional genera la incitación a salvar el pellejo y ese estado evaluativo-motivacional no se expresa como “dolor”. No porque el cerebro lo combate, sino porque los contenidos de conciencia expresan directamente lo que cada estado evaluativo-motivacional contiene y, para salvar el pellejo, la red neuronal entra en un estado de conectividad que no genera en la conciencia la cualidad “dolor”
– En contextos inofensivos pero evaluados erróneamente como amenazantes, el cerebro sensibiliza toda la red defensiva y no “combate” el dolor sino que lo “facilita”. El dolor crónico no resulta de la “lesión de neuronas y axones generada por el dolor agudo”, sino por la persistencia de un bucle evaluativo-motivacional erróneo que puede y debe disolverse con Educación en biología neuroinmune y exposición a la actividad normal.
Además:
No hay ninguna referencia al papel de las creencias y expectativas ni a la importancia de la cultura de organismo (en este caso referida al dolor) que los expertos alimentan.
En fin… Habría sido una buena ocasión para difundir Neurociencia moderna y no todos los mitos y errores que siguen estando vigentes respecto al dolor.
El contenido del artículo no ayuda a comprender y, menos aún, resolver la creciente epidemia de dolor cronificado y no explicado ni controlado. Más bien forma parte del problema. Proclamar que el dolor se produce en los tejidos de la zona doliente, que ese dolor puede estropear neuronas y centros de procesamiento, que no funciona bien el mecanismo interno de mitigar el dolor y que la ciencia ofrecerá pronto medios de atajar el problema con exquisita precisión no ayuda precisamente a quien se lo crea.
Mucho ruido y muchas nueces, pero caducadas…
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