Ambiente ruidoso

“Había mucho ruido y se me puso un dolor tremendo de cabeza. Tuve que tomar un ibuprofeno”.
La reflexión parece sensata. El ruido perturba la cabeza. Genera dolor y el ibuprofeno lo calma. Así de simple.
Sin embargo el ruido no existe más que en la pantalla consciente. Al otro lado del tímpano sólo hay vibraciones sutiles del aire, generadas por las perturbaciones mecánicas de los objetos. Una cadena de huesecillos acoplada a la membrana timpánica transmite esas vibraciones sutiles hasta un órgano sensor fino que las recoge y convierte en un tren de señales eléctricas de bajo potencial. Esas señales no indican que ahí fuera hay mucho ruido. Se limitan a informar de las diminutas y sutiles vibraciones del aire.
Al cerebro sólo le llegan minicorrientes eléctricas, provenientes de todas partes. Es el código informativo. Dentro de la cabeza no hay ruido, luz ni olores. Sólo silencio, oscuridad y una barrera exigente que sólo deja pasar moléculas autorizadas.
Lo que genera ruido es el propio cerebro. Es su modo de hablar al individuo. Proyectando imágenes, sonidos, olores y sabores.
El ibuprofeno no blinda la cabeza respecto a los “ruidos”. Se limita a bloquear mensajes de lesión de los tejidos. Dificulta la generación de las miniseñales informativas… cuando hay una lesión. Las vibraciones aéreas excesivas pueden acabar lesionando el delicado órgano sensor interno. Nos quedaremos sordos, pero ni la sordera ni la ceguera tienen por qué doler.
Mi nieta de 8 años se quejó un día en la escuela de dolor de cabeza.
“Dile a tu madre que había mucho ruido en la clase”
Mi hija (fisioterapeuta encerebrada) le explicó que el “ruido” puede resultar molesto pero no es peligroso. Aprovechó la ocasión para hablarle una vez más del cerebro (sobre)protector. Al día siguiente la niña volvió a sentir dolor, pero recordó las explicaciones y el dolor se fué. Aprendió a tolerar esas corrientes sutiles del aire.
Si su madre no hubiera corregido la explicación de la profe puede que a estas alturas mi nieta padeciera dolores de cabeza, habría una sensibilización al “ruido” y no quiero pensar en qué conjunto de etiquetas habría acabado atrapada…
Gafas de sol, tapones, máscaras… Sensibilización central. El cerebro procesa mal la información sensorial…
El entorno rebosa pequeñas variables energéticas (mecánicas, térmicas y químicas). A veces hay truenos y relámpagos. No creo que hayamos evolucionado con un cerebro sensible a los “ruidos” ni a las luces de las tormentas.
La evolución cultural nos ha vuelto sensibles a las explicaciones expertas que atribuyen peligrosidad a todo lo que se cruza por nuestro camino.
Que todo nos moleste puede ser comprensible. Que todo contenga una amenaza a la integridad física de modo inmediato es menos probable.
Molesto no es igual a dañino (a corto plazo).
El dolor no debería aparecer en la conciencia cuando algo nos molesta. Sólo cuando amenaza de modo inmediato a la integridad física.
Una caricia suave no amenaza la piel. La caricia suave del tímpano con las vibraciones del aire tampoco amenaza el oído interno y, mucho menos, el interior del cráneo.
¡Viva la música!
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