El cerebro en guerra contra la racionalidad - Desaprende la MIGRAÑA
Una amiga me pasa un artículo sobre migraña, del suplemento semanal de La Vanguardia. “El cerebro en guerra”.
Un cerebro migrañoso es, según la metáfora del titular, un cerebro en constante actitud bélica, contra todo lo trivial: los alimentos, los cambios horarios hormonales, meteorológicos. Responde a lo cotidiano como si estuviera librando una dura batalla contra un germen que ha logrado burlar las eficientes barreras meníngeas o una hemorragia en ese sagrado espacio que baña el cerebro y la médula.
Imagine el espacio más vigilado y protegido del planeta. Por ejemplo la Casa Blanca. Pues bien, una Casa Blanca migrañosa desconfiaría de todo. Lo interpretaría como una amenaza y desplegaría todas las medidas disponibles para proteger… a sus moradores. Se evacuaría, ante todo, al Presidente y se paralizaría toda la gestión de la maquinaria administrativa de la Nación.
Evidentemente es un despropósito y es impensable una situación así.
Por extraño que parezca, un 15 por ciento de la población reside en un organismo gestionado por un cerebro alarmista, sensibilizado, que aprecia amenaza en todo tipo de variables banales y activa los recursos de protección de modo descabellado.
Lo más extraño es que no codifica esos despliegues absurdos como un error, sino que cada escenario de falsa alarma facilita la activación del siguiente (sesgo de confirmación).
Un cerebro migrañoso ha perdido el Norte de la racionalidad. Condena al residente a una descabellada estrategia de apreciar peligro en todo lo banal.
Dicen los neurólogos que asesoran a quien firma el artículo, que ese despropósito proviene de los genes y que si no está corregido y controlado es porque los pacientes y los médicos no piden la ayuda necesaria a tiempo. Se pierden años preciosos actuando por cuenta propia o en manos de profesionales no cualificados en el complejo arte de decir a quien tiene migrañas que lo que tiene es una migraña.
El caso es que vivir en un organismo gestionado por un cerebro alarmado de modo irracional es un sinvivir, un infierno difícilmente soportable.
Puede que esta situación kafkiana llegue pronto a su fin. La Ciencia ha detectado el fallo, la molécula culpable del despropósito: el CGRP, el “péptido relacionado con el gen de la calcitonina”, una molécula estúpida que despliega las defensas meníngeas hasta el grado más extremo.
¿Por qué lo hace? Pues porque el péptido es un mandado. Se limita a abrir las puertas que puede abrir.
Evidentemente son puertas que debieran estar cerradas, pero el CGRP las abre. Es una llave.
¿De dónde sale la orden?
Dicen los expertos que la orden descabellada sale de grupos de neuronas hiperexcitables, conformadas por un genoma poblado de facilitadores, que convierten la red neuronal en un universo que ve amenaza en todo lo que se mueve y paraliza al individuo mientras se disipa la evaluación de peligro.
¿Qué hacer?
Bloquear las cerraduras con silicona, con anticuerpos monoclonales antireceptor de CGRP. El CGRP ya no podrá abrir las puertas defensivas. Terapia de cuarta o quinta generación, moderna, biológica, precisa, específica.
Realmente el CGRP es una molécula que necesitamos para iniciar la reparación de tejidos dañados. Si se libera en la cabeza es porque hay un ámbito de decisión que lo considera oportuno. Habrá que preguntar al cerebro qué coño está haciendo en cada crisis, montando la que monta porque sale viento Sur, ha entrado un poco de vino al cuerpo o es fin de semana.
Dicen los expertos que el CGRP y los anticuerpos contra su receptor, la silicona que sabotea la defensa, acaban con las propuestas de los que dicen que decimos que “la migraña es psicológica”.
El cerebro no es irracional por arte de los genes sino por obra y arte del aprendizaje. Si lo que se cuenta es absurdo, sensibilizante, alarmista, belicista… habitaremos un organismo regido por ese cerebro domesticado por la cultura experta.
Si modificamos el discurso y habilitamos la racionalidad habremos recuperado el sentido común, la ponderación, la posibilidad de detectar y corregir errores. El cerebro puede hacerlo. Su conectividad es plástica.
El proceder neuronal migrañizado se aprende y lo que se aprende se puede desaprender con más o menos dificultad.
Calentar la cabeza con información belicista es fácil. Prometer terapias, nuevas armas, también.
No es una guerra. Es simplemente aprendizaje, en manos de tutores expertos, que se atribuyen la exclusividad de “lo científico” y ofrecen protección para un cerebro que previamente han asustado.
La genética de la migraña es la genética del aprendizaje. No determina lo que uno aprende sino que condiciona la relación con lo que uno aprende expuesto a un entorno que predica lo que predica.
Puede que haya una genética más proclive a la domesticación, al alarmismo, a la evitación de daño.
Lo que toca no es potenciar esa genética sino contenerla.
Know pain, no pain.
Know migraine, no migraine.
Comentarios (11)
Los comentarios están cerrados.