La migraña es cosa de niños
Ya a los pocos días de nacer algunos lactantes expresan su angustia del único modo posible, con episodios recurrentes de llanto incontenible, al atardecer, que desquician al cuidador, provocando en muchas ocasiones maltrato físico, en forma de palmadas y sacudidas violentas o maniobras de sofocación, con dramáticas consecuencias.
Los expertos no aclaran mucho el por qué de ese llanto incontenible. No parece que influya la mala leche materna. Puede que sean las tripas, los gases… (“cólicos”), aunque no hay ningún dato que lo apoye. Quizás el inicio de los ritmos de sueño, la melatonina… quizás una genética que hace llorar…
Las terapias fracasan y sólo cabe contener la ira del cuidador, apagar luces, silenciar estridencias y cantar una nana con toda la ternura disponible.
El tiempo a veces cura y el llanto se desvanece en unos pocos meses.
Las estadísticas sugieren que los berrinches se den más si la madre padece migraña y que los lactantes llorones tienen más probabilidad de desarrollar una migraña como mandan los cánones, cuando sean adultos.
Un modo raro de anunciar la migraña del adulto es el del “Tortícolis paroxístico benigno de la infancia”: episodios recurrentes de inclinación sostenida de la cabeza hacia un lado, que se mantiene durante horas o pocos días.
Aparece hacia los 5 o 6 meses de vida y se desvanece a los 3 o 4 años, sin dejar ninguna secuela.
Más frecuentes son los episodios de vértigo recurrente, con o sin dolor de cabeza. Florecen hacia lo 4-5 años y pueden desvanecerse o persistir en el adulto.
También frecuentes a esa edad los “vómitos cíclicos” y las crisis de dolor abdominal.
Todos ellos pueden anunciar la migraña del adulto.
Teniendo en cuenta estos datos, la Clasificación Internacional de los dolores de cabeza incluye estos episodios como “síndromes que pueden estar asociados con la migraña”.
Las terapias son poco eficaces; el efecto placebo, prominente y los efectos secundarios de los fármacos, garantizados.
Dicen los expertos que procede aumentar la vigilancia de los pediatras sobre estos cuadros, habitualmente poco conocidos, para iniciar la concienciación en la pertenencia a la etiqueta “migraña”, propiciando así la aceptación de la condición genética y la adherencia a los tratamientos y los consejos saludables que el experto indique, aunque ninguno de ellos haya demostrado aportar algo más que efectos secundarios.
La migraña muestra, por tanto, su cara ya precozmente, de formas diversas, antes de cuajar el modo adulto.
Ya que es cosa de niños mal-nacidos sólo queda la buena crianza para paliar la mortificación del estigma recién estrenado:
Diagnóstico precoz, concienciación, tutela farmacológica y estilos de vida saludables.
Cabe, quizás otra propuesta: el Sistema Neuroinmune inicia el aprendizaje ya desde que abre los ojos al mundo y los oídos a lo que de él se cuenta y comete los errores propios del novato asustado. Lloros, vómitos, dolor, vértigo, tortícolis…
Podemos ayudar a minimizar el miedo infundado y a catalogar lo inofensivo cono tal, potenciando la robusta capacidad adaptativa del organismo humano.
Para eso hay que eliminar la etiqueta “migraña”, con su carga de estigma genético, sustituyéndola por el aprendizaje inevitable de cada recién nacido, tutelado por el cuidador.
De la crianza surgen las creencias y de lo que se cree se siente y padece.
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