Desencadenantes de dolor
Salvo en los casos excepcionales de “Insensibilidad congénita al daño”, podemos evocar y evocarnos el sentimiento doloroso a voluntad. Basta con aplicar una energía mecánica suficiente, donde y cuando queramos, es decir, comprimir o estirar. Vamos aumentando la intensidad del estímulo mecánico hasta que, en un momento dado (umbral de dolor), aparece el sentimiento doloroso. Podemos sustituir la energía mecánica por la térmica, aumentando o reduciendo la temperatura hasta evocar dolor o generar un estrés metabólico muscular con un esfuerzo progresivo. En todos los casos evocaremos el dolor cuando queramos y podremos librarnos de él a voluntad, reduciendo la intensidad de la energía aplicada.
El dolor aparece como consecuencia de haber generado un estrés, una amenaza, en los tejidos estimulados. Los hemos puesto en peligro y ha saltado la alarma, en forma de una “experiencia sensorial y emocional desagradable”, tal como describe la IASP el dolor.
Los desencadenantes biológicos del dolor son estados de energía mecánica, térmica o química, capaces de destruir los tejidos si se aplican con suficiente intensidad y persistencia.
La energía térmica peligrosa sólo se da en superficie (quemadura, congelación). En el interior la temperatura oscila en una estrecha banda, absolutamente inofensiva, y no existen tejidos chamuscados o congelados por fiebre o hipotermia.
En el interior los desencadenantes, los estados de energía peligrosa son mecánicos (compresión, estiramiento) o químicos (estrés metabólico muscular).
Cualquier hipótesis sobre el origen del dolor deberá contar con la existencia de esa energía mecánica o metabólica nociva.
Intuitivamente pensamos que cuando duele en el aparato locomotor se da esa circunstancia mecánica o metabólica físicamente estresante.
Las articulaciones están comprimidas, los nervios pinzados o estirados, los músculos agarrotados.
Si aplicamos esa energía o estado estresante podemos asegurar que evocaremos el dolor pero lo contrario no es cierto:
Si aparece dolor en un momento y lugar no podemos concluir que existe una exposición a un estado mecánico o químico nocivo.
No probar bocado en cinco días desencadena el sentimiento de hambre pero lo contrario no tiene por qué ser necesariamente cierto.
– Tengo hambre. Necesito comer.
– Pero si acabas de comer y pesas 120 kilos!!!
Los sentimientos somáticos internos no siempre expresan estados reales. En muchas ocasiones sólo expresan el temor anticipado, imaginado, a que se pudiera producir un estrés mecánico o metabólico muscular.
Evidentemente todo esto es inconsciente y no tenemos la oportunidad de ver el interior para establecer correlaciones fiables. Nos limitamos a imaginarlas y darlas por buenas.
– Me duele la columna. Algo comprime o pinza.
– Me duelen los músculos. Se me acumula el ácido láctico.
Los expertos tienen ojos artificiales, pueden extraer imágenes del interior opaco.
– Tiene usted varias hernias, mucha artrosis… No me extraña que le duela.
Ante la misma imagen otros opinarían con más optimismo.
– Tiene usted los cambios adaptativos propios de la vida que han llevado sus tejidos en estos años. Esos cambios no justifican ni explican el dolor.
¿A quién creer?
En general el ciudadano da por bueno el primer mensaje. La imagen vale más que mil palabras.
Hernias+ artrosis= dolor.
El del segundo mensaje lo tiene más crudo. Deberá explicar por qué las hernias y la artrosis no explican ni justifican el dolor y después exponer otra hipótesis alternativa.
¿Si en la columna doliente no hay nada nocivo, por qué duele la columna?
¿Qué desencadena el dolor cuando uno intenta moverse?
– Al menos deme algo para que no me duela…
– Si realmente hubiera una amenaza en la zona doliente cuando usted intenta moverse y el dolor protegiera esa zona del peligro del movimiento, no parece sensato eliminarlo para que usted se mueva y, por tanto, se dañe…
No es prudente ignorar que, en nuestra especie, lo que realmente cuenta es lo que el organismo imagina, a veces con sensatez y racionalidad y otras sin ellas, de modo irracional.
Si duele y no hay un estado de energía mecánica o metabólica peligrosa que justifique y explique biológicamente el dolor, podemos concluir que el organismo está actuando en función de lo que imagina (teme), desligado del estado real de los tejidos y las energías mecánicas y metabólicas que lo sustentan.
Las cosas no son lo que parecen, especialmente si se refieren a un mundo opaco como el interior.
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