Migraña. Un callejón con salida
La vida en un organismo migrañero es un infierno. Las-os pacientes hacen lo que pueden por aprovechar todos los momentos de calma que la meteorología borrascosa de su cerebro concede. Todo hace pensar que siempre será así o peor. Se han agotado las terapias disponibles, ya no existe ninguna privación más a considerar. Es como vivir en un túnel, en una cárcel, a la que uno debe adaptarse, pues no va a haber otro hábitat disponible.
Además de la tortura del dolor, los vómitos, la intolerancia sensorial y la incomprensión social, se padece la desesperanza por la falta de expectativas de solución. Ya no cuelan los mensajes que anuncian la aparición, por fin, de una solución específica y determinante para las crisis.
Uno puede aceptar su condición de presidiario y esforzarse en mostrar buena conducta para obtener ventajillas que alivien el internamiento, incluso permisos de libertad ocasionales. Aunque no conozca su delito, el recluso da por sentado que ha existido, pues de otro modo no estaría allí.
El régimen interno que aplica el organismo enmigrañado es severo. Nada de esto ni de lo otro, orden y más orden, nada de automedicación, evite el estrés, los cambios, los desánimos, las contrariedades, su insufrible perfeccionismo.
La cuestión no es qué hacer para aliviar la reclusión sino otra previa.
¿Ha pensado en la posibilidad de que, realmente, no ha cometido ningún delito que justifique la condena?
– ¿Por que está usted aquí?
– No tengo ni idea. Le he dado miles de vueltas a esa cuestión pero no identifico ninguna conducta que no sea la de los ciudadanos libres.
No es posible identificar esa conducta penalizable porque no existe. Una-o es inocente y debiera estar en libertad, sin cargos.
Esa es la cuestión:
¿Qué o quién ha dictado la orden de reclusión?
¿En base a qué?
¿Es posible la alegación y obtener la libertad, si se demuestra que, realmente, no ha existido ese supuesto delito?
La respuesta es sí. Es posible y con un alto índice de probabilidad de éxito.
Lo primero que debe hacerse es conseguir la convicción de inocencia del penado.
Debe comprender, además, cómo ha llegado a estar encarcelado sin haber cometido ningún delito, dónde se “decide” el internamiento.
La clave está en probar la inocencia.
El paciente es quien debe hacerlo.
Hay que habilitarlo para conseguirlo, “empoderarlo”, como dicen ahora.
El conocimiento de lo que allí se ha ido cociendo, los círculos viciosos, la dinámica kafkiana del proceso.
La cárcel es segura e impide la fuga pero tiene puertas con llaves que pueden abrirlas.
Hay que conseguirlas.
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