Dolores comedidos y desmedidos
Hay dolores comedidos, razonables. Ocupan un tiempo y lugar limitado.
Los dolores comedidos acompañan a sucesos de destrucción violenta (térmica, mecánica, química, infecciosa) de los tejidos. Aparecen en la conciencia de la mano del suceso. Lo notifican. Nos obligan a indagar la causa. Una vez establecida y controlada, amainan y permanecen en la zona dañada en un segundo plano, protegiéndola mientras se repara.
Los dolores comedidos expresan su sentido evolutivo, su razón de ser.
Los dolores desmedidos no tienen contención en espacio, tiempo ni intensidad. No hay límite. No lo hay porque, realmente, no existe el soporte físico del suceso destructivo concreto. Si indagamos en la zona doliente no encontraremos nada.
Una crisis de migraña es un evento desmedido, ilimitado en su mortificación. Se anuncia con un desasosiego que augura lo peor, ya conocido: el dolor in crescendo, las nauseas y la intolerancia sensorial, la desesperanza por el cumplimiento de lo temido, el alivio incierto y parcial de las terapias, el no saber lo que sucede… o peor aún: la sentencia de la etiqueta “migraña”, una condición innata irreversible, responsable de la tormenta.
Cualquier hipótesis sobre su origen debe contemplar y explicar esa dinámica desmedida, de un proceso que se autoalimenta en espiral hasta alcanzar el nivel máximo de expresión.
En la crisis hay un bucle, un proceso circular en el que el output es un input que refuerza el siguiente output, algo similar al acoplamiento de un sistema de amplificación que inicia un pitido creciente, que sólo desaparece bajando el volumen del amplificador o alejando el micrófono.
En la hipótesis oficial se propone un germen en el “generador de migraña”, un supuesto conjunto de neuronas de condición (genética) hiperexcitable, que entran en actividad haciendo que las terminales perivasculares del trigémino se sensibilicen y comiencen a generar “señales de dolor”, como si algo sucediera. Esas señales llegan a los amplificadores centrales y devuelven un impulso creciente de sensibilización a las terminales del trigémino. El bucle está formado. Los calmantes bloquearían los mensajeros sensibilizadores del trigémino.
Mi propuesta sitúa el germen “generador” en los estados evaluativos fluctuantes, aprendidos. Cada momento, lugar y circunstancia da lugar a un estado de conectividad que contiene una evaluación implícita de amenaza. Ese estado evaluativo se expresa en la conciencia cuando alcanza un cierto nivel de predicción- temor. En ese momento el individuo consciente entra en el bucle y retroalimenta, desde el temor al sufrimiento, el círculo. El estado evaluativo se refuerza en espiral. El organismo expone en la conciencia todo su arsenal de alerta-protección, de forma desmedida, sin contención de una realidad nociva que ponga un límite.
Los sensibilizadores liberados por el trigémino son la consecuencia del estado evaluativo. Lo que debiera hacerse es disolver ese estado, invertir la dirección de la espiral. Imponer la convicción de que nada está sucediendo.
¿Disponemos de ese poder de invertir la espiral viciada?
En absoluto. No existe la posibilidad de poner fin al proceso, a voluntad.
Sin embargo podemos invertir nuestra contribución consciente. Podemos aportar la información de que nada sucede, centrarnos en nuestras tareas y desearnos suerte.
Los alumnos que consiguen disolver la crisis así lo hacen.
Una lectora de mi libro “Migraña, una pesadilla cerebral” lo cuenta así en un tweet:
Yo al final me voy a volver majara. El libro aun por la mitad, pero cuando me viene la migraña empiezo a hablar conmigo misma…y parece que va bien, jajaja
Todos hablamos con nosotros mismos, pero no todos nos decimos las mismas cosas.
En la propuesta oficial el dialogo con uno mismo reverbera lo aprendido de los instructores y la experiencia de cada cual.
En la propuesta del error evaluativo el diálogo incorpora la voz discrepante del alumno recién instruido que dispone ahora de la posibilidad bastante probable de invertir la espiral.
Hablar con uno mismo es un proceso continuo, inevitable. Los que creen que no hablan y se limitan a tomar el calmante están equivocados. Están tan majaras como los que lo confiesan.
En ese diálogo se integran cogniciones, emociones, percepciones y decisiones, todo lo que contiene la crisis.
A lo desmedido hay que poner medida, realidad:
No sucede nada. Falsa alarma.
Eso es todo. Así de sencillo. Así de incierto y aparentemente inaccesible.
Comentarios (6)
Los comentarios están cerrados.