Dolores
Dolores es un nombre de mujer. Es un extraño nombre. Tan extraño como sería el caso de llamarse Mareos, Cansancios o cualquier otro síntoma. Lo cierto es que la mujer tiene más y más intensos dolores que el hombre. Sin razón alguna que lo justifique, recibe menos atención y, con frecuencia, se cuestiona su realidad más que en el hombre. La IASP (International Association for the Study of Pain) dedicó el 2007 a concienciar a la ciudadanía lega y profesional de que el dolor de la mujer es real: “Real women, real pain”, era el titular de la campaña. En el 2018 puede que la situación no haya cambiado demasiado. ¡Bah! Mujeres. Ya se sabe. Histéricas… Las razones que se exponen para explicar esa mayor prevalencia de dolor no justificado en la mujer son varias: biológicas (estrógenos, opioides endógenos…), psicológicas y sociales, según mandan los cánones del modelo bio-psico-social actual del dolor. De todas estas razones me interesan especialmente las culturales. La mujer se preocupa y ocupa del cuidado somático propio y ajeno más que el hombre. Frecuenta más la visita al médico. Pide más información. Está más expuesta a la cultura oficial del dolor y esto le hace más vulnerable a los contenidos nocébicos. La información sobre dolor sigue anclada en el pasado. El modelo bio-psico-social exige tiempo disponible para el profesional y que este se haya actualizado en la moderna Biología del Sistema Neuroinmune. No se da ninguna de las dos condiciones. Incluso en aquellas situaciones de dolor exclusivo femenino (dismenorrea, endometriosis) se da un estado de hipersensibilidad neuroinmune central generalizada lo cual quiere decir que además de los posibles factores locales tisulares, anda suelto un cerebro hipervigilante y alarmista. Lo que la cultura pone lo puede quitar la propia cultura pero hay que modificar los contenidos, girarlos 180º. A los cursos de migraña acuden muchas más mujeres que hombres. Han peregrinado por todo el abanico de ofertas terapéuticas sin éxito. Comprenden el modelo, lo aceptan mayoritariamente y lo aplican con buenos resultados. El problema del dolor en la mujer exige con urgencia una intervención decidida. Urge, especialmente, eliminar el mínimo rastro de des-aprecio del relato de las pacientes, sin más justificación que la de tratarse de mujeres-ya-se-sabe. Lo que ellas cuentan debe respetarse como real y provocar la necesaria empatía y compromiso profesional de abordar el problema desde todo el conocimiento disponible. Eso incluye la moderna Biología Neuroinmune. El componente nocébico de la cultura debe desvelarse y neutralizar con la contracultura de la información antinocébica correspondiente. Hoy es un buen día para concienciarse, pacientes y profesionales. Hay que emplearse a fondo en la pelea por la ilustración en dolor. El saber ocupa lugar. Hay creencias y expectativas que no debieran ocupar ese lugar. Know pain, no pain.
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