El cerebro engañado
Se suele decir que “el cerebro nos engaña”. Para demostrarlo proyectamos imágenes de ilusiones ópticas. Parece como si el cerebro disfrutara tomándonos el pelo, tal como hacen los magos. Los magos nos engañan con sus trucos y nos hacen ver una realidad inexistente. El cerebro no engaña ni es aficionado a los trucos. Simplemente actúa en función de lo que cree y teme. No siempre lo que percibimos, especialmente si se refiere a universos opacos a nuestros sentidos (externos e internos), refleja la realidad. No siempre que duele, hay daño consumado o inminente. Generalmente no hay una mínima probabilidad de que suceda, a corto plazo, algo que ponga en peligro la integridad física del organismo. Sin embargo en la conciencia aparece dolor, como si realmente estuviera sucediendo lo que se teme. ¿Qué hace que el cerebro nos presente una realidad inexistente? No hay intención de engaño ni de asustar para conseguir una conducta segura. Simplemente la conciencia recoge un flujo continuo integrado de realidad e imaginación. Las expectativas y creencias tienen un peso variable en cada escenario. Aprendemos a evaluar cada situación, en función de experiencias e instrucción experta. La cultura experta de organismo opaco es la que puede imponer su ley, el temor, por encima de la realidad. El cerebro es asustadizo y construye su idea de peligro al calor de los relatos de temor que contiene la cultura de organismo. Un cerebro sensibilizado es un cerebro asustado, engañado. Lo que sintamos, pensemos y hagamos, tendrá coherencia con esos estados de temor de la red defensiva. Un cerebro asustado no se equivoca. Si a cualquiera de nosotros nos dicen que existe un peligro que no podemos controlar, sufriremos las consecuencias. Actuaremos como si el peligro pudiera consumarse. No estaremos equivocados. Sólo asustados e indefensos. No sabemos qué es verdad o no; cuándo puede suceder lo temido. En los cursos tratamos de explicar estos conceptos para ver si disolvemos el miedo irracional a lo cotidiano e inevitable. Vivir es razonablemente seguro. El dolor debiera ser excepcional y pasajero: justo lo que dura la reparación de un tejido dañado. Un cerebro que protege sin temor ni falsas expectativas no activaría sin motivo estados de conectividad que proyectan dolor en la conciencia, o, si estos aparecieran, podría detectar el error e ir corrigiendo ese miedo injustificado, mortificador e invalidante. Frente al cerebro asustado y engañado no cabe otra que des-asustarlo y contarle verdades biológicas: la fundamental: el dolor no indica necesariamente lo que está pasando en términos de daño real. Muchas veces refleja creencias y expectativas erróneas. No porque se equivoque, sino porque está informado en esa dirección. Puede que el engaño sea bienintencionado. Los padres también engañan para proteger a sus hijos. Ellos lo saben. El cerebro no nos engaña. No sabe que lo está haciendo. Está equivocado porque le han contado historias falsas. Temores teóricamente posibles pero altamente improbables. Hay que contarle verdades, en la medida que disponemos de ellas. Sobre todo, debemos desvelar falsedades, en la medida, también, que sabemos que son falsas. Cada experto dice lo que cree que es cierto y falso. ¿A quién creer? Nosotros dedicamos, en los cursos de pacientes, unas cuantas horas a exponer argumentos y conocimientos de Biología para disolver el miedo que anida en la conectividad de la red neuronal. Al menos hay que intentarlo. Mañana tenemos otro grupo intensivo. Siempre resulta emocionante la aventura pedagógica. ¡Mucha mierda para todos! Es lo que se desean los músicos antes de salir a escena.
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