2018. Sin miedo y con conocimiento de causa.
2017 se nos va. No sé si ha dejado más o menos dolor injustificado que su precedente 2016 y si el ya nervioso e inquieto 2018 va a traernos más o menos de lo mismo.
Parece inevitable aprovechar el último día para hacer propósitos y formular deseos, aunque lo hagamos por pura inercia, sin excesiva confianza en que tengamos éxito.
2017, con toda seguridad, nos ha aportado más conocimiento sobre organismo y sus cuitas. Los nuevos datos sobre dolor son inabarcables. No da tiempo para acabar todos los platos servidos y, mucho menos, para degustarlos, masticarlos y digerirlos con el obligado sosiego.
Tengo la sensación (quizás sea sólo wishful thinking) de que el año que fenece ha dado otro empujoncito al cambio de paradigma: cada vez más profesionales aceptan la propuesta de que el dolor es una cuestión de tejidos y cerebro.
Los tejidos tienen su propia historia, sus peripecias de daño consumado y/o inminente, y esa historia condiciona su estado de vulnerabilidad. El cerebro toma nota de todas ellas y actualiza la historia que teje y desteje sobre lo que supone una amenaza para la integridad física de cada rincón corporal.
El individuo va de aquí para allá, estresando mecánicamente su aparato locomotor, poniéndolo a prueba, arriesgando su integridad física.
El cerebro debe proteger esa integridad, anticipando, imaginando posibles riesgos y actuando antes que demasiado tarde.
El dolor es todo lo que el individuo conoce de ese continuo proceso evaluativo.
¿Duele aquí y ahora? Luego aquí y ahora sucede algo inconveniente, peligroso. El dolor obliga al individuo a acoplar su conducta a la aparente condición vulnerable de los tejidos doloridos, expuestos.
Ese es el viejo pero vigente paradigma. Demasiados pesos, demasiadas contracturas, demasiadas malas posturas, insuficiente músculo para esa carga. Demasiado tarde para encontrar remedio. Escuela de espalda para ralentizar lo irremediable.
¿Duele aquí y ahora? Luego para ese aquí y ahora el cerebro olfatea peligro, con más o menos fundamento, con más o menos racionalidad, con más o menos miedo paralizante.
Es el nuevo paradigma. El cerebro evalúa sobre la base de lo que sucedió, sucede y pudiera suceder y el dolor aparece o se desvanece en la conciencia como resultado de la función evaluativa continua.
Desde este nuevo paradigma pensamos quienes lo aceptamos que, una vez plegadas las banderas rojas, las alarmas justificadas, el dolor brota fácilmente en el caldo de cultivo enriquecido con miedo y desconocimiento y que lo que debiera hacerse es sanear ese caldo: quitar miedo, animar a la actividad, y concienciar al paciente sobre la presencia continua y relevante de esa historia que el cerebro construye en base no sólo a hechos sino también, aceptando lo que la cultura experta proclama, desde el paradigma habitual de lo “músculoesquelético”.
Una amiga, doliente crónica articular, ha contactado con varios fisios locales. Me encontré uno de estos días con ella:
– ¿Sabes? Todos los fisios que me han tratado últimamente me han hablado del cerebro…
Definitivamente, creo que el 2017 ha sido mejor que el 2016 y será peor, a su vez, que el ya salido de cuentas del 2018.
Hoy es una buena oportunidad para brindar por el 2017 y el 2018.
El nuevo paradigma está vivo.
Menos miedo y más conocimiento de causa.
Más actividad confiada.
Más buena vida.
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