Migraña. Perder la inocencia
Dicen los expertos que la migraña es una enfermedad genética, que condena a quien la hereda a padecer de por vida crisis de dolor de cabeza, nauseas-vómitos e intolerancia sensorial, cuando así determine un estado anómalo de hiperexcitabilidad de grupos neuronales del cerebro, aún no bien identificados.
Recomiendan aceptar la condición congénita y protegerse con el escudo de una vida ordenada y frugal, física y psicológicamente. Nada de excesos ni defectos. Lo justo, y con moderación.
Los pacientes de migraña no han hecho nada malo para merecer su condición. Les han traído al mundo con los genes puestos y ese mundo es lo que es, un universo desordenado en el que todo cambia, de modo impredecible.
La hiperexcitabilidad migrañosa, dicen los expertos, vuelve sensibles a sus víctimas a lo que para los normales es vida normal. El viento (Sur), la niebla, el chocolate, los chupitos, las hormonas, los viajes, el ayuno de media mañana, los findes…
La vida del paciente de migraña no es vida. Su organismo no la tolera. A esas neuronas hiperexcitables, organizadas en un supuesto centro “generador de migraña”, les resulta intolerable un día cualquiera y entran en un paroxismo de escándalo ante la simple idea de que el paciente quiera salir de su habitación oscura a iniciar la jornada.
Los expertos que proclaman la maldición genética migrañosa ofrecen con el palo la zanahoria: consejos y fármacos supervisados.
Si el paciente acepta y sigue los consejos y recurre precozmente a tomar los calmantes, ¡ojo!, sólo cuando han sido prescritos por un cualificado experto, echa mano de preventivos y no recurre a la automedicación, seguirá siendo un migrañoso pero su mal-dita vida será más llevadera.
El paciente migrañoso es inocente… en dos sentidos.
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no ha hecho nada para merecer esa maldición (Inocencia tipo I)
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se cree todo lo que le van diciendo (Inocencia tipo II)
Hoy es el día de los Santos Inocentes. Es una buena ocasión para perder la Inocencia del tipo II.
No hay por qué creerse lo que los expertos proclaman como verdad. Puede que no lo sea.
Puede que no exista esa supuesta condición genética que condena, sin remedio, al infierno, aun siendo inocente (tipo I).
Puede que lo que se atribuye a los genes corresponda, en realidad, al aprendizaje.
Puede que la migraña no se tenga sino que se coja por contagio, en el revuelto y promiscuo mundo de lo que se cuenta del organismo.
Puede que si uno pierde la inocencia (tipo II), descubre el fiasco de la condena genética y los hábitos insalubres, y decide (desde la convicción y orgullo de disfrutar la residencia en un organismo sano pero gestionado por un cerebro adoctrinado) afrontar la vida normalita sin miedo, las crisis se espacíen e, incluso, desaparezcan.
No es una inocentada. Es la verdad. Puede suceder. Así ha sido para muchos que perdieron la Inocencia (tipo II) y se echaron a la calle, a tomarse un chupito, un sábado con viento Sur, cargado de problemas de todo tipo. Lo hicieron y no sucedió nada.
Eran Inocentes (tipo I) que, por fin, habían perdido la Inocencia (tipo II).
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