Daño muscular
Todos los tejidos (células y espacio extracelular) pueden morir por impacto de un agente o estado incompatible con la supervivencia. Temperatura extrema, compresión-estiramiento, ácidos, infección… pueden acabar con la vida de una célula competente, sana. Esa muerte inopinada e improductiva libera al espacio extracelular una peligrosa química que puede extender el peligro a toda la vecindad celular. El sistema neuroinmune detecta el evento y reacciona con la respuesta inflamatoria. El músculo no es una excepción. Puede quemarse, desgarrarse, machacarse… o no recibir el aporte de energía necesario para cumplir con la compleja tarea de la contracción-relajación, entrando en este caso en un estado de estrés metabólico potencialmente letal (infarto). El músculo hace lo que le dicen y puede. Las neuronas que proceden de las altas esferas neuronales dictan cuándo debe contraerse. Si se produce un evento nocivo el músculo se limita a padecer las consecuencias. Las neuronas vigilantes extienden sus ramas a todos los rincones musculares y detectan las señales de muerte consumada o inminente, en los tejidos de su campo receptor. Las neuronas nociceptoras (detectoras de nocividad consumada o inminente) transforman las señales de peligro-daño en potenciales eléctricos que informan a los centros de procesamiento-respuesta, desde la médula a la corteza cerebral, del suceso de daño o de su inminencia. La contracción muscular, en condiciones de aporte sanguíneo suficiente, no pone en peligro la integridad de las fibras musculares, si no se supera el umbral de seguridad por un trabajo excesivo. Las fibras se contraen y relajan consumiendo su cuota de energía correspondiente dentro de una generosa banda de seguridad metabólica. No tiene sentido hablar de dolor muscular, pero sí de daño consumado o inminente de fibras musculares. Si la actividad estática (postural) o dinámica genera dolor ( en condiciones de aporte arterial normal), es poco probable que ese dolor indique que el músculo está en peligro. Tampoco es habitual que las fibras musculares queden contraídas por fallo del mecanismo de relajación. Pocas actividades del organismo están tan controladas por la red neuronal, como la del trabajo muscular. Al fin y al cabo dependemos de los músculos para salvar el pellejo y conseguir objetivos de todo tipo. Los músculos, sin embargo, están sometidos al dictado de la función evaluativa. Si la actividad está considerada como amenazante o improductiva, aparecerá en la conciencia la percepción de dolorimiento-fatiga, haya o no motivo para ese temor cerebral. Al músculo se le imputan incompetencias que no le corresponden. El cerebro se va de rositas. Al parecer no alberga creencias ni expectativas. No existe aprendizaje tutelado por la cultura. El miedo es cosa del individuo catastrofista e hipocondríaco o de su lamentable musculación. L leyenda negra dice que el músculo se encoje, acorta y achata. Entra en un ¡ay! a las primeras de cambio, aun después del descanso nocturno, ante el primer requerimiento de actividad. - Me levanto molido. Parece que el sueño “poco reparador” haya almacenado miasmas y toxinas que acogotan las fibras musculares. Los músculos no se merecen este trato y esa nula consideración. Son chivos expiatorios de la irracionalidad kafkiana del cerebro. No es justo. Urge una reparación. Una puesta en libertad.
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