Aprendizaje evaluativo
No nacemos con todo sabido. No disponemos de recursos genéticos que nos clasifican toda la realidad en conveniente o inconveniente y nos indican el camino a seguir.
La incertidumbre acompaña a nuestras decisiones.
Hay dos opciones extremas. 1) Exponernos y probarlo todo para ver qué hay de bueno o de malo en lo que decidimos hacer o 2) Evitar lo incierto habilitando un reducto-burbuja que contiene sólo las condiciones de total seguridad.
Los cuidadores-expertos nos ayudan a decidir. Nos informan con anticipación de las posibles consecuencias de nuestras acciones.
También los cuidadores adoptan una de las dos opciones: 1) No pasa nada. Actúe a su antojo. 2) Tenga mucho cuidado. Todo es potencialmente peligroso.
Coste-beneficio. Corto, medio y largo plazo.
El aprendizaje y la tutela evaluativa no son fáciles.
Si optamos por la experiencia libre, confiada, siguiendo el consejo del cuidador permisivo, podremos comprobar que la realidad no es tan peligrosa como la pintan los agoreros pero puede que cometamos excesos e imprudencias. Puede que tengamos beneficios a corto plazo y perjuicios a la larga, por no cuidarnos.
La reclusión en la burbuja protegida nos evitará riesgos pero nos condenará a la vigilancia continuada y a la privación de una vida normal.
Los profesionales atendemos a victimas de las dos tendencias extremas.
Por un lado a quienes desoyen los consejos de cuidarse y sufren las consecuencias y por otro a quienes se dejan influir por quienes predican el temor a casi todo.
Hay enfermedades por descuido y otras por exceso de vigilancia.
En cada caso, el profesional debería juzgar el sentido de la desviación.
– Tiene que cuidarse.
Pero también, en los casos contrarios:
– Tiene que descuidarse.
El Sistema Neuroinmune evalúa, predice costes-beneficios, en cada caso con el riesgo de cometer errores por exceso o defecto de optimismo-pesimismo.
Acertar en la evaluación no es fácil.
Son comprensibles los dos excesos.
Lo que no parece razonable es negar la función evaluativa y no evaluarla.
Muchos síntomas lo que indican es que el organismo evalúa amenaza sin que exista esa amenaza.
Si es así, el profesional debe evaluar esa desviación y aconsejar de modo coherente.
– No tiene usted nada. Los cambios de la Resonancia no explican ni justifican el dolor. Haga una vida normal. Muévase sin miedo. Tiene que ayudar a su cerebro a autorizar y promover la actividad.
Lo único que consigue lo contrario, es profundizar el error evaluativo.
– No me extraña que le duela. Tiene usted una artrosis intensa. Si no se cuida, acabará en una silla de ruedas.
El aprendizaje tutelado tiene ese riesgo. No podemos saber más que quien se ha dedicado a saber. Los que saben debieran aconsejar lo mismo, pero no es así. Dicen cosas contrarias.
Al menos los ciudadanos debieran saber algo más sobre esa función evaluativa y sobre el aprendizaje.
No debiera resultar extraño escuchar a un cuidador decir algo así:
– El dolor no viene de la columna sino de lo que su cerebro ha aprendido a evaluar como amenazante.
Desgraciadamente la mayoría de los pacientes aceptan la explicación catastrofista:
– Artrosis. Hernias de disco… Ha cogido usted muchos pesos… las malas posturas.
El error está siempre ahí, como posibilidad. La certeza no existe.
A veces estamos enfermos y no queremos saberlo ni aceptarlo.
Otras veces estamos sanos y tampoco nos parece lógico padeciendo como padecemos.
Ambas posibilidades deben conocerse y considerarse, en cada caso.
– ¿Qué me dice, doctor? ¿Le parece que mi organismo evalúa correctamente?
Todo llegará, pero, de momento prima lo contrario…
– Tiene usted fatal la columna…
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