El dolor no se procesa
En una cadena de montaje no se procesa el coche sino las piezas que lo componen.
El coche es el resultado final del proceso.
Lo mismo sucede con el dolor o cualquier otro contenido de la conciencia.
Las piezas del puzzle del montaje del dolor varían en cada caso, en cada momento, lugar y circunstancia. Básicamente hay dos grupos de componentes:
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Los datos sensoriales generados en el organismo por la interacción en tiempo real con el entorno.
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El conocimiento acumulado históricamente en dicha interacción, es decir: expectativas y creencias.
De la interacción entre lo que el cerebro imagina históricamente y lo que los sentidos detectan en tiempo real, emerge en la conciencia el sentimiento de dolor.
No hay jerarquía. A veces mandan los datos sensoriales, el daño consumado o inminente.
Otras, imponen su fuerza las especulaciones (temores), a pesar de la falta de evidencia de daño actual (datos sensoriales).
El paso a la conciencia del procesamiento continuo e integrado de lo imaginado y lo detectado en tiempo real implica al individuo. Atrae su atención y le obliga a formar parte del proceso.
El dolor es una sugerencia conductual, con más o menos apremio.
El individuo tampoco manda. No puede rechazar la propuesta del sentimiento de dolor.
– Pienso que no me duele y así me dejará de doler.
No manda pero puede influir, desde el ámbito del conocimiento consciente, tratando de modificar el flujo continuo del conocimiento previo.
– Sé que no sucede nada amenazante donde duele. Voy a centrarme en lo que me interesa.
No se trata de desatender el dolor sino de intervenir activamente en el proceso, aportando la convicción de que nada sucede.
En los estados de alerta neuroinmune injustificados los nociceptores (detectores de daño consumado o inminente) pueden generar falsa señal por su estado hipersensible. Cualquier estímulo banal puede alimentar el temor del cerebro imaginativo. El individuo puede pensar que lo mejor es no moverse, interrumpir los programas. Así duele menos.
Ser coherente con un estado irracional no es buena idea. Se consolida el error evaluativo (sesgo de confirmación).
Lo que toca es aportar información racional, ajustada a lo que realmente está pasando, es decir, nada.
Hay que procurar quitar fuerza al imaginario cerebral. De ese modo el acceso a la conciencia del proceso evaluativo (imaginación y datos sensoriales) puede apagarse.
– Sé que es una falsa alarma. Entro en casa convencido de que no hay peligro. Hago la vida normal en ella. El sonido de la alarma se desvanece. Con mi actitud consigo que el proceso de evaluación de peligro se enfríe.
En los síndromes de “Sensibilización Central” se sugiere que el sistema nervioso procesa sensiblemente, patológicamente, los datos sensoriales, “el dolor”.
Pienso que es así pero no por patología del circuito de procesamiento sino porque el imaginario cerebral está atascado en la convicción de enfermedad y los datos sensoriales parecen confirmar la sospecha, generando falsas señales de daño.
A través del individuo consciente, a través del conocimiento (Pedagogía del dolor), podemos tratar de cambiar la dinámica del proceso evaluativo. Puede que el dolor y demás síntomas desaparezcan de la conciencia.
El objetivo es conseguir que la función evaluativa continua se alimente de una idea de organismo razonablemente sano y que los datos sensoriales confirmen que así es.
Que manden los hechos y no las predicciones.
Que el dolor no confirme los temores.
Que la información experta no anime la disfunción evaluativa.
Sentido común. Racionalidad.
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