El control mental del dolor
He oído decir en una entrevista a una paciente-alumna de un curso sobre dolor crónico, que ha aprendido que el cerebro puede inhibir el dolor y ello le da esperanza para poder controlarlo.
En alguna ocasión se nos ha criticado porque (dicen que…) ofrecemos en los cursos la posibilidad de controlar mentalmente el dolor.
Puede que algunos piensen que es así pero no es cierto.
No existe el poder de la mente. Lo que hay es conocimiento, más o menos fiable; creencias, expectativas. Cada escenario evoca un estado de conectividad, aprendido. Esa conectividad genera en la conciencia, en la mente, percepciones, cogniciones, emociones, decisiones, propuestas.
Lo que ofrecemos es información sobre el proceso neuronal que proyecta el sentimiento doloroso.
Desde ese conocimiento los pacientes-alumnos pueden interactuar con lo que sienten. Toman decisiones desde otra perspectiva.
Saben que en el organismo no está sucediendo nada amenazante, que el dolor es, en su caso, la expresión de una evaluación errónea de peligro y que lo que procede es interiorizar esa convicción y procurar actuar, moverse, sin miedo.
Los pacientes expresan muchas veces esta nueva estrategia diciendo: “hablo con mi cerebro”; “recuerdo lo que he aprendido” y lo aplico.
El dolor sólo existe en la conciencia. Lo que hay en el cerebro son redes de conectividad variable, de cuya activación surgen, misteriosamente, los contenidos conscientes.
No podemos actuar directamente sobre esos estados de activación neuronal pero podemos intentar modificarlos desde el conocimiento consciente, desde nuestra (al menos aparente) libertad.
El efecto nocebo-placebo expresa el poder de las creencias.
Las creencias activan y apagan estados de conectividad que contienen una evaluación de amenaza, muchas veces sin que exista ningún peligro real.
El miedo viene y va. Se activa y contiene sin motivo, en el espacio virtual de lo imaginado.
En los cursos intentamos desactivar ese universo virtual, generador de síntomas injustificados.
No se trata de tener una mente poderosa sino inteligente.
Hay creencias absurdas, miedos injustificados. No los construye el paciente. Los padece. Ha sido instruído.
El dolor crónico no explicado ni justificado biológicamente emerge de una evaluación poco inteligente. Una alucinación es una percepción sin inteligencia. No existe lo que la red neuronal proyecta en la conciencia.
El dolor sin daño es una alucinación.
Lo que procede, al menos teóricamente, es deshacer lo alucinado, no potenciarlo:
– No me extraña que le duela. Tiene usted una columna de una anciana.
Las informaciones de este tipo consolidan el mundo alucinado de la columna.
– En su columna no sucede nada relevante. Muévase sin miedo. No tenga miedo.
Ese es el poder de los cursos: acercar el mundo percibido al mundo real.
Comentarios (3)
Los comentarios están cerrados.