Nocividad, nocicepción y "experiencias sensoriales y emocionales desagradables
Define la IASP (International Association for the Study of Pain) el dolor como una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada a daño real (consumado) o potencial (inminente).
A la definición le falta especificidad. Podría aplicarse a cualquier otra experiencia sensorial y emocional desagradable como la sed o el hambre, por ejemplo. En estos dos casos el hambre y la sed estarían asociadas a desnutrición o deshidratación consumada o inminente.
La nocividad es la propiedad que tienen los estados físicoquímicos y agentes biológicos de alterar la integridad física y funcional del organismo.
Hay nocividad a corto plazo y a largo. Una temperatura por encima de 45 º contiene nocividad a corto plazo. Una cifra de tensión arterial elevada es nociva a largo plazo.
Las experiencias sensoriales y emocionales desagradables como el dolor, el hambre, la sed, el cansancio, el frío, el calor, el mareo… se refieren a nocividades que ya han consumado el daño o que lo harán a corto plazo si no se hace algo inmediatamente.
Así debiera ser pero no es.
La definición de la IASP contempla esa posibilidad añadiendo una confusa coletilla: …o vivida como tal daño. Es decir, podemos sentir dolor (hambre, sed, cansancio…) sin que exista ninguna nocividad consumada ni inminente pero el organismo contempla (“vive”) esa posibilidad.
Estando perfectamente nutridos e hidratados y sin que ninguna condición físico-química amenace la integridad física de sus tejidos, el organismo, a través del cerebro, proyecta a la consciencia la percepción de dolor, hambre o sed que nos incita a proteger esos tejidos aun cuando no exista ninguna condición que lo justifique.
Vivimos una epidemia de dolor, hambre y sed en ausencia de peligro físico inminente por culpa de la tendencia del organismo a solicitar protección anticipada injustificadamente.
La nocicepción (Nocividad-detección) sería la capacidad que tiene el organismo de detectar, a través de células vigilantes especializadas, la existencia de daños consumados o inminentes, físico-químicos o biológicos.
El sistema neuroinmune de defensa vigila y detecta cualquier incidencia de consumación de daño o del peligro inminente de que se produzca ese daño.
Sin embargo si las defensas del organismo se limitaran a detectar sólo el daño consumado o inminente, probablemente no estaríamos vivos. Es necesaria otra capacidad: la de valorar amenazas futuras, posibles, inciertas, ocultas…
Nacemos con los recursos de detección del daño consumado o inminente pero estamos expuestos a amenazas que no dan la cara hasta que se consuma el daño o está a punto de hacerlo.
El sistema neuroinmune debe optar por ver más amenazas de las reales (falsos positivos) o limitar la vivencia de amenaza a lo justo, a lo que con toda evidencia va a dañar a corto plazo (falsos negativos).
Dicen que la virtud está en el término medio… siempre que los dos extremos sean viciosos.
Extremar la vivencia de amenaza para evitar el daño en un futuro incierto nos prolonga la vida pero la vuelve insoportable.
Vivir la vida sin vigilancia de lo que nos puede acabar dañando la hará más interesante y placentera a corto plazo pero probablemente moriremos o nos dañaremos antes.
Nacemos con sistemas neuroinmunes vigilantes o despreocupados pero tenemos un largo período de aprendizaje por delante, tutelados por la omnipresencia de cuidadores, más o menos expertos, más o menos alarmistas.
Cada organismo construirá una idea de peligrosidad y vivirá el día a día de un modo confiado o alarmado, guiado por la experiencia propia, la observación-imitación o rechazo de la experiencia ajena y la instrucción de los que saben aquello que nuestros sentidos no detectan.
Tendemos a explicar-justificar el dolor con todo tipo de estados físicos, químicos, biológicos o psicológicos.
Todo puede doler y acaba doliendo pero no debiera.
Un día nublado proyecta dolor en una rodilla a la conciencia. Lo hace pero no debiera hacerlo. Las nubes no contienen ninguna amenaza de consumar un daño físico en esa rodilla. El cerebro vigilante evaluador de amenazas ha incluido una condición meteorológica inofensiva.
Las nubes no contienen nocividad. Los agentes vigilantes nociceptivos no detectan ninguna amenaza pero el sistema evaluador de amenazas teóricas, creídas, o temidas opta por la posibilidad aunque esta sea absurda, prácticamente imposible.
Basta con que las áreas evaluativas vivan amenaza para que el dolor aparezca por la conciencia.
– Va a cambiar el tiempo. Me lo dice mi rodilla…
Incluso hay cierto orgullo en la predicción meteorológica.
No sé si, a ciencia cierta, la predicción se cumple o se sesgan los resultados. En todo caso no parece sensato que el sistema que nos protege nos advierta de sus temores activando el dolor, el hambre, la sed, el mareo… sin que exista en el horizonte del sentido común nada mínimamente amenazante.
– Bebe, come, no te muevas… Tómate un ibuprofeno…
Comentarios (3)
Los comentarios están cerrados.