Vidas secuestradas
Ayer se celebró en Donosti la reunión de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (SEMFYC). Médicos de Atención Primaria, algunos fisios, enfermeras y psicólogos. Ningún stand de Farmaindustria. Cada uno pagando la inscripción de su bolsillo.
Nuestro grupo dispuso de toda la mañana para presentar ante una nutrida audiencia nuestras propuestas y trabajos.
Lo hicimos en dos partes. En la primera los profesionales: dos médicos de atención primaria, dos fisios y yo (neurólogo), explicamos los nuevos paradigmas del dolor y los logros con la Pedagogía.
Café con bollería en el descanso. Aproveché para comentar con unos compañeros de urgencias el drama de los desesperados dolientes que acuden allí en busca de algo que no existe porque ya nadie les quiere. Hablaremos en una entrada de la cuestión.
Dicen que nunca segundas partes fueron buenas pero en esta ocasión no fue así.
Puede que la primera parte fuera interesante. Los nuevos paradigmas, el cerebro, la cultura, las falacias biomecánicas, el efecto nocebo, los buenos resultados con los grupos. Creo que estuvo bien pero lo que vino después nos removió a todos lo mejor y peor de nosotros mismos a lo largo de nuestra carrera profesional
Cinco testimonios de pacientes (Gotzone, Xanca, Arantza, Ana y Leire): tres de migraña, uno de fibromialgia y otro de Síndrome de fatiga crónica. Todos curados tras vivir un prolongado infierno e invierno.
Había que estar allí para sentir lo que sentimos todos con un nudo en la garganta.
Los cinco testimonios fueron directos a la audiencia de profesionales, sin contemplaciones, sin hipocresías ni cortesías.
-Vosotros me secuestrasteis la vida.
– Sólo deseaba morirme
Cada crisis de migraña recluía al padeciente en el servicio, abrazado al único consuelo posible de la taza del water para recoger el vómito y así no tenerlo que recoger en el día después. Las luces, sabores y olores de la vida convertidos en cuchillos. El dolor, la rigidez, la convicción de que ningún antídoto ofrecería un mínimo alivio. Así una y otra vez, día tras día, semana tras semana, año tras año.
Una vez cumplido el peregrinaje del mercadillo de los remedios sólo quedó la desesperación y el des-aprecio social, la necesidad de ocultar el horror para no perturbar a los allegados, a los sanos, a los que pueden salir a la calle a disfrutar de los placeres sencillos de lo cotidiano.
No basta con sentir dolor en todas partes. ¡Sí, en el pelo también! También está la fatiga extrema, la niebla mental, la imposibilidad de mover el plomo del cuerpo, el insommio, la rumiación de la condena a vivir en el horror físico, psicológico y social.
La imposibilidad de levantar el boli para escribir, el trabajo pendiente, amontonado encima y a los lados de la mesa.
Por fin, por azar, el encuentro con los profesionales de la primera parte. La escucha. El reconocimiento del horror y la promesa de las explicaciones que hagan comprender el sentido de todo ese inmenso y terrible sinsentido.
– Sobre todo me ayudó el conocimiento
– Los pacientes no somos tontos. Podemos comprender si se nos explica
– Sabía que lo conseguiría. No fue fácil pero si el cerebro no aceptaba una taza le daba taza y media
– Acudí con escepticismo pero fui viendo el sentido a lo que me explicaban.
– Poco a poco algo se disolvía en mi organismo que me fue permitiendo caminar, escribir, nadar, amar.
– Cuidar lo que decís a vuestros pacientes.
– Tenéis una herramienta nueva. Haceros con ella y aplicarla.
– He recuperado la vida. Ahora hago lo que siempre deseé hacer y se me robó.
Hay aplausos corteses, que suenan hueco. Otros expresan la emoción que agita las manos. Cada intervención-testimonio arrancaba una cerrada y sincera ovación que contenía una mezcla confusa de culpas y propósitos.
Alguien pidió públicamente perdón por el daño causado.
Llovieron las preguntas, las dudas, el miedo a aceptar lo oído y a ponerse las pilas contra corriente.
Seguiré hablando en este blog de todas las cuestiones suscitadas.
Al llegar a casa me encontré en el móvil una foto de mi último nieto, con una sonrisa limpia, abierta a la vida, a lo que le rodea.
Los padecientes también vinieron a este mundo con la misma sonrisa, dispuestos a respirar la vida pausadamente y/o a bocanadas. Todo se fue torciendo por culpa nuestra, de los profesionales, de la cultura arbitraria de ver enfermedad donde sólo hay aprendizaje.
Primum non nocebere,
Ayer hubo reconciliación con lo pasado y provocado y una esperanza para profesionales y padecientes.
Hoy es el día después. En nuestras manos está el abrir fisuras grandes o pequeñas en la tupida trama del dolor.
Haya honestidad, coraje y constancia para acometer el cambio.
Suerte a todos.
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