Historias, de memoria
Una de las diversas formas de concebir la vida y diferenciarla de la materia inanimada es la de dotar a esa materia (átomos y moléculas en un campo de energías) de memoria.
Las formas más elementales de vida tienen memoria. Parte de ella se refiere a la evolución de su especie y está codificada en el ADN. Complementando esta memoria de especie cada individuo hace acopio de “recuerdos” propios, exclusivos de su experiencia.
Hasta hace poco pensábamos y creíamos que la memoria del ADN, el legado histórico que recibe el individuo al nacer para afrontar su propia peripecia, no se modificaba mas que a golpe de mutación y selección. Ahora pensamos y creemos que la experiencia propia puede modificar algo en el santuario del ADN y generar una variación en su expresión. No sólo eso sino que esa variación puede transmitirse a la descendencia.
Existe la genética, la memoria de especie, el ADN , y además, la epigenética, la memoria de cada individuo que puede cambiar la expresión de ese ADN y transmitir esa variación, no por mutación, sino por “cosas de la vida”.
La memoria genera una historia interior, una integración de todos los eventos pasados en el formato de un run run interno automatizado, que nos conforma como individuos.
La historia es la consecuencia implícita, inevitable, de la existencia de la memoria.
La especie humana ha evolucionado en la dirección de ampliar la función de memorizar sin límite, aprovechando al máximo las memorias propias y ajenas y propiciando el encuentro incesante, el cotilleo continuo de los colectivos.
De ese modo ha ido tejiendo historias disfrazadas de memorias, de hipótesis más o menos fundamentadas, que funcionan como convicciones profundas desde las que el individuo opera con la ilusión de navegar amparado por un conjunto de certezas de su propia experiencia.
Una forma elemental de memoria es, por ejemplo, el reflejo condicionado, la respuesta de salivación de la campana que hace que el perro de Pavlov salive.
El famoso perro recordaba que después de la campana venía inmediata e invariablemente la comida y actuaba desde la historia convicta de que las campanas traen comida.
Una historia es algo que construimos desde el pasado para predecir el futuro y justificar o explicar el presente o los méritos o culpas de los éxitos y fracasos en la predicción.
Si dejamos de traer comida al perro pavloniano tras hacer sonar la campana, la historia de la campana se desvanece. No hay que buscar explicaciones: a la campana no le sigue la comida.
En nuestra especie buscamos explicaciones a todo. Si no viene la comida tras la campana, buscamos diversos “por qués” posibles y construimos historias para rellenar el vacío insufrible de la ausencia de la comida.
Dese esas historias cambiaremos los tipos de campanas, los escenarios… hasta que vuelva a reaparecer la comida. Cuando eso suceda solidificamos esa historia que “funciona” y dejamos de buscar otras explicaciones.
Las historias están muy disputadas. Cada uno defiende la suya, la propia individual y la del colectivo al que pertenece aun cuando no sea consciente de ello.
El cerebro memoriza todo y teje y desteje historias con esas madejas de “recuerdos”. El individuo recibe los relatos cerebrales convertidos en percepciones, emociones, pensamientos y propuestas de acciones pensando que esos relatos son memorias consolidadas, inmutables, que nos permiten estabilizar la ficción del YO como algo asentado en los cimientos de lo que recordamos.
Muchos relatos de dolor emergen de esas historias tejidas por el organismo desde las memorias propias y ajenas, desde la credibilidad de las historias de allegados y expertos.
Como sucede con el perro de Pavlov, lo importante es que después de la campana venga la comida. Lo demás son gaitas, filosofías.
– Me tomo un ibuprofeno y se me va el dolor
El cerebro oye la campana, tiene la certeza de la toma de la pastilla, y procede a traer la comida, se apaga la proyección del dolor a la conciencia.
La memoria de la secuencia “ibuprofeno quita dolor” es la consecuencia lógica de una memoria hecha historia.
El problema aparece cuando después del ibuprofeno el dolor sigue, cuando después de la campana ya no viene la comida.
Necesitamos otras campanas u otros activadores. Algo novedoso que resulte, que traiga comida, que elimine el dolor.
Las historias no importan.
– YO sólo sé y quiero saber que funciona. Lo demás son historias.
– Eso es, historias…
– Pero yo no pensaba en nada. ¿por qué empecé a tener dolor? ¿Así, sin más? El perro de Pavlov tampoco pensaba en campanas hasta que al experimentador le dió por acoplar campana y después comida. La cultura, las historias colectivas, crean el caldo de cultivo para crear parejas de efectos precedidos de aparentes causas (campanas). La cultura facilita historias prefabricadas. No hay que esforzarse y arriesgar. Es la ventaja de ser humano. Somos una especie de éxito. Somos los dueños de la tierra. Gracias a las historias que nos hemos y nos han montado. Algunas para bien y otras no tanto.
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