El movimiento doloroso
Cuando un movimiento (o una postura) resulta doloroso pensamos intuitivamente que ese movimiento o postura genera una carga mecánica o metabólica excesiva para un supuesto estado de vulnerabilidad del aparato loc0motor, por lo que restringimos la actividad guiados por la referencia del dolor. Deberemos hacer sólo aquello que genere menos dolor.
La manida definición de la IASP (Asociación Internacional para el Estudio del Dolor) proclama que el dolor es “una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada a daño real o potencial o vivido como tal daño”.
Hay veces que el dolor aparece porque efectivamente existe una zona dañada o en riesgo de dañarse (“daño real o potencial”) pero en la mayoría de los casos no existe tal daño, un daño que explique y justifique satisfactoriamente la activación del dolor. Es decir, un dolor sin daño real o potencial pero vivido como tal daño: un daño imaginado.
Cualquier acción que alivie el dolor nos permite aumentar la cuota de tolerancia al movimiento (o postura). Parece que la acción de alivio, sea farmacológica o de cualquier otro tipo, ha mejorado la tolerancia de los tejidos a la carga mecánica.
Parece, pero no es así.
Lo que ha inducido la acción “terapéutica” es un cambio en la tolerancia cerebral a la actividad (movimiento y/o postura).
No hay moléculas, energías ni manos mágicas que eliminen el daño o la vulnerabilidad del aparato locomotor al movimiento.
No podemos recolocar vértebras, estirar músculos ni tendones, descomprimir nervios ni restablecer equilibrios supuestamente perdidos.
Sí podemos reorganizar patrones de movimiento, hacerlos más fisiológicos, corregir posturas poco económicas, relajar los músculos para acometer diversas tareas… y, sobre todo, podemos eliminar en el sistema defensivo el miedo a las consecuencias del movimiento y la postura, la “vivencia del daño”, aun cuando no exista tal daño.
Hay infinitas vías de conseguir suspender la “vivencia de daño”. Cualquiera que “funcione” después de ser aplicada, contará con el beneplácito del aplicador y el aplicado.
En ausencia de daño real o potencial lo que mandan son las expectativas y creencias.
La tolerancia el movimiento, la disolución de vivencia injustificada de daño potencial, se consigue con todo tipo de intervenciones. Sólo se necesita que el organismo acepte esa intervención como algo que devuelve la tolerancia a la carga mecánica de la actividad.
¿Placebo?
– Llámele como quiera. El caso es que a mí me funciona. Lo demás son gaitas. Necesito que algo o alguien me quite el dolor para poder moverme.
El algo son fármacos, dietas, masajes…
El alguien es el que acierta en el alivio del dolor, el que convence al organismo de que la actividad es inofensiva si y sólo se da previamente esa intervención.
– Tengo que ir al fisio. Se me ha vuelto a cargar el cuello.
No sólo hay adicciones a los fármacos. Todo es susceptible de generar credos y devociones.
Un movimiento es doloroso si el organismo valora peligro en ese movimiento, aun cuando tal peligro no exista.
Una terapia es “eficaz” si disuelve el miedo.
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