El dolor no se modula
Muchos ciudadanos y, posiblemente, profesionales, dan por sentado que el dolor se origina allí donde lo sentimos, en algún hueso, articulación, músculo, nervio o tendón lesionado o sometido a una sobrecarga que le hace sufrir.
Una vez generado ese dolor, es detectado por las neuronas que vigilan su aparición y transformado (transducido) en un tren de señales eléctricas (potenciales de acción) que llegan hasta la sede cerebral de la consciencia, momento en el que nos percatamos de su existencia, en un lugar y momento determinado.
Podía haber sido así pero no lo es. No hay ningún tejido capaz de generar dolor ni ninguna neurona capaz de detectarlo. El dolor forma parte de una respuesta-propuesta cerebral cuyo objetivo es proteger una zona determinada. Surge de la activación conjunta de un conjunto de áreas cerebrales que preparan la respuesta global protectora de la que la percepción dolorosa es sólo una parte y sólo hay un receptor posible: el individuo que lo siente.
Dicen los textos que las “señales de dolor” generadas en las neuronas que vigilan los tejidos, pueden ser “moduladas” en la médula espinal, lugar en el que se efectúa el pase de información de la neurona vigilante a las siguientes, encargadas de transportar esa información hasta el cerebro por las correspondientes “vías del dolor”.
El cerebro, si le viene en gana puede “modular” el dolor, aumentarlo o atenuarlo, liberando serotonina, noradrenalina, serotonina, opiáceos, colecistoquinina…
Realmente el dolor es un producto final de un complejo proceso evaluativo de amenaza.
El cerebro recibe información constante, en tiempo real, de lo que sucede en los tejidos y la procesa desde sus creencias y expectativas.
La valoración de amenaza es una función continua que fluctúa en función de los sucesos de los tejidos y los credos y temores aplicados a cada escenario, a cada conducta del individuo.
En función de esa amenaza imaginada el efecto-respuesta dolor, sube y baja ante cualquier variable que modifique el proceso evaluativo.
Si hay una lesión aguda, el tejido afectado libera moléculas señal que activan los receptores de las neuronas vigilantes, proyectando el tren correspondiente hacia la médula, primero, y, desde allí, al cerebro.
Si damos un analgésico-antiinflamatorio bloqueamos parcialmente la generación de las señales. El cerebro, recibe información engañosa de que el daño es menor de lo que realmente es y, como consecuencia de ello, la valoración de amenaza se rebaja y, el dolor, también.
Si la lesión aparece en el contexto de un escenario peligroso puede que el cerebro valore la necesidad de potenciar respuestas de lucha-huída. La amenaza aumentaría si se bloquea la actividad motriz del individuo. No podría escapar ni luchar con eficiencia. La consecuencia indirecta es que dolerá menos mientras persista el estrés del escenario. El cerebro ha modificado el tráfico de información de señales de daño a las áreas que activan la inactividad motriz y el sufrimiento. Consecuencia: menos dolor.
Dicen que en la fibromialgia y el dolor crónico, la modulación del dolor está alterada, que el cerebro facilita el dolor y prescinde de los mecanismos que lo mitigan.
En mi opinión, no es una lectura correcta. En ambos casos, el cerebro evalúa amenaza, vulnerabilidad, enfermedad… aun cuando no haya nada de eso en los tejidos. Desde esa evaluación de amenaza se producen los cambios lógicos en todo el sistema defensivo, coherentes con dicha evaluación:
– sensibilización de recogida de datos. Lo irrelevante genera “falsa señal de daño”
– facilitación del tráfico de señales de la zona evaluada como amenazada
– activación global del sistema cuya consecuencia es, entre otras, la proyección de dolor en la conciencia.
La evaluación es el centro del problema y la diana sobre la que se debe actuar.
Si rebajamos la valoración de amenaza, el dolor calmará, independientemente de que esa evaluación nueva sea correcta o no lo sea.
Con el efecto placebo rebajamos la convicción de amenaza por la expectativa de una acción benéfica sobre los tejidos.
Hay quien defiende la idea de que todo vale con tal de dar con el alivio del dolor.
Yo pienso que no todo vale si lo que estamos haciendo es potenciar la idea de un organismo vulnerable, lesionado-enfermo, que necesita de una acción externa para estar tranquilo, aun cuando no haya ningún motivo real para estar preocupado.
Muchos textos hablan de la “modulación descendente del dolor”.
Es un concepto, a mi entender, erróneo.
Implícitamente contiene la idea errónea que el dolor viene dado ya de los tejidos y la médula y que el cerebro puede aumentarlo o inhibirlo, sin entrar en los motivos que puede tener para ello.
El dolor no es un objetivo. Es sólo un recurso, al servicio de una función compleja: la defensa de la integridad física de los tejidos desde la perspectiva de lo que sucede en ellos y, en muchos casos, de lo que el cerebro imagina que pudiera suceder, aun cuando nada suceda, por más que las apariencias hagan pensar en lo contrario a quien sufre el impacto del sentimiento doloroso.
Dicen ahora que la “modulación del dolor” puede que no sea cosa de neuronas sino de la glia y que por eso no dábamos con los remedios adecuados.
Es lo que se lleva.
– ¿La función evaluativa, dice? No sé a qué se refiere. Está claro que puede ser la glia. Eso es algo tangible.
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