La migraña es un estado emocional
Tendemos a pensar que la emociones suceden en el ámbito del individuo, la persona.
Las tensiones derivadas de la interacción social, las decepciones, el déficit de estima propio y ajeno, la injusticia, el desánimo, la angustia de querer y no poder, la indefensión frente a la hostilidad y desconsideración de los otros, la falta de afecto…
Las emociones que no encuentran una vía de expresión y satisfacción por los cauces normales generan una tensión interna, una energía negativa, que acaba exteriorizándose por caminos inadecuados. Por ejemplo, el dolor.
Eso se dice y acepta.
Sin embargo el dolor no es, o no debiera ser, un indicador de la situación del individuo, la persona, sino del organismo en el que esa persona reside y emerge.
Las emociones son estados de organismo. Si duele quiere decirse que o bien se ha producido una incidencia de daño físico violento allá donde duele, o, en su ausencia, que el organismo teme, anticipa ese daño.
El miedo al daño es una emoción básica biológica. Toda la infraestructura neuronal necesaria para generar dolor, náuseas e intolerancia sensorial, está ahí, ha evolucionado para prevenir el daño físico violento, por agentes y estados físicos, químicos y violentos nocivos.
La migraña y otras etiquetas diagnósticas corresponden a esos estados emocionales somáticos sensibilizados, excesivos, erróneos, improductivos.
Registramos a los pacientes y les aconsejamos que busquen “desencadenantes” de todo tipo, incluidos los “emocionales”.
La mayoría de los pacientes fracasa en la búsqueda. No consigue ver una correlación entre lo que siente y hace y las crisis. Estas aparecen sin un patrón causal detectable.
Una amiga del blog me manda este artículo sobre las emociones y la migraña.
Comparto la idea de que el cerebro migrañoso es sensible, fácilmente emocionable ante una amplia gama de estados y variables pero lamento que sólo se considere la genética y su extensión moderna, la epigenética. Ni palabra del aprendizaje, de la crianza.
La instrucción experta al uso alimenta los estados emocionales somáticos, la incertidumbre, la sensibilización. Refuerza la convicción de enfermedad.
Estoy de acuerdo con la idea principal del artículo: la migraña femenina no es la consecuencia de un supuesto estilo emocional inadecuado que facilita la aparición de las crisis. El sufrimiento e invalidez que genera una crisis, tanto en la mujer como en el varón, no corresponden a la factura física de unas emociones mal gestionadas por el individuo, sino a un cerebro que desborda sensibilidad por una condición anidada en los circuitos.
No comparto, sin embargo, la propuesta de la genética como factor exclusivo. No es posible considerarla sin tener en cuenta la interacción con el entorno y ese entorno en nuestra especie contiene cultura, información, modelos, dogmas, expectativas y creencias.
Nosotros trabajamos en los cursos la visualización del proceso de aprendizaje. Basta esa visualización para que la conectividad neuronal de la que emerge la crisis cambie y deje en paz al individuo para que gestione sus emociones en sociedad, sin la interferencia de la expresión migrañosa.
El miedo del organismo, la predicción, la incertidumbre, la cultura alarmista. Ahí está la clave.
Puede que la genética corresponda a organismos más evitadores de daño o, quizás, más obedientes, imitadores.
Cada gen (suponiendo que podamos definir lo que es un gen) influye en muchos rasgos y cada rasgo está influido por varios genes que interactúan de modo complejo.
La cultura es más simple. Basta alimentar el miedo para que éste se exteriorice de diversas formas.
La migraña es una de ellas.
Hay que temer el miedo somático y racionalizarlo con información y exposición graduada a la vida normal.
No conozco otro camino.
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