Culpables
El dolor es algo que hace el organismo. El individuo lo padece y busca explicaciones a su origen y conductas que lo alivien.
No podemos ponernos ni quitarnos el dolor a voluntad salvo que hagamos algo que sabemos que lo evoca.
Tampoco podemos ponernos ni quitarnos otras sensaciones físicas como el hambre, la sed, el frío, cansancio, mareo o calor, salvo que nos expongamos a escenarios que sabemos a ciencia cierta que van a evocar esas sensaciones.
Nadie, en su sano juicio, se expone voluntariamente a escenarios que sabe con certeza que van a generar una sensación física desagradable. Lo que hacemos es evitarlos o neutralizar sus efectos, si está a nuestro alcance.
Cuando el paciente siente dolor acude al profesional para que identifique la causa y prescriba una terapia que lo alivie. En ocasiones el encuentro consigue los dos objetivos, diagnóstico y tratamiento, pero no siempre es así.
– No tiene usted nada. Es todo normal. Tome estos calmantes a ver…
El dolor sin certificado de daño, de una causa plausible, objetivable, tiende a mostrarse resistente a los calmantes.
– Sigo igual, con mucho dolor.
El dolor huérfano de origen y remiso al alivio desconcierta al padeciente y al profesional. Con el tiempo empeora.
– Yo más no puedo hacer. Quizás convendría que le viera un psicólogo.
Los pacientes con dolor sin daño o enfermedad certificada a veces consiguen una etiqueta pseudodiagnóstica:
– Tiene usted fibromialgia, migraña, lumbalgia…
La etiqueta parece aportar algo en un primer momento pero en muchas ocasiones aumenta las sospechas de que el tal dolor, tan intenso y extenso, tan constante y tan rebelde, no es creíble o quien lo padece se lo ha ganado a pulso con su modo de ser y actuar, por su incapacidad para organizarse como “persona normal”.
Por supuesto están además los genes y las hormonas femeninas, los malos hábitos alimenticios y la toxicidad ambiental, física y social.
En definitiva, es el padeciente el culpable en gran medida de lo que le sucede: sus genes y sus malos hábitos.
El padeciente se registra para confirmar las sospechas de su culpabilidad y, salvo en lo que toca a sus genes y hormonas (femeninas) o la toxicidad ambiental del entorno que se ve obligado a habitar, no ve motivos para justificar tanto dolor.
– Tiene que cambiar de actitud…
Por más que se esfuerce en cumplir con unos supuestos cánones de vida saludable y seguir los consejos de varios libros de autoayuda no consigue librarse del dolor mortificador e invalidante.
El desencuentro está servido. La sentencia profesional es obvia, aunque no siempre se confiesa. No hace falta. El padeciente la percibe.
– Es usted.
Ya desde la infancia puede vivir uno descalificado como usuario de su organismo. El dolor le marcará como un sujeto que se lo ha ganado a pulso, como alguien incapaz de comportarse como Dios manda, o, simplemente, reside en un organismo mal nacido, con genes proclives al dolor sensible, facilitado.
En los cursos los padecientes-alumnos confiesan desde el primer día la carga del sambenito de la culpabilidad y la incredulidad de allegados y profesionales.
Desde el primer momento dejamos claras dos cosas:
El dolor es siempre real, tal como ellos lo describen.
No son culpables de que aparezca.
El mejor modo de resolver la situación es explicar el proceso desde la Biología, desde las reglas del organismo. Conocer la trama neuronal del dolor ayuda a eliminar la culpabilidad y reafirma la validez del relato.
La incertidumbre diagnóstica y la desconsideración profesional son dos poderosos factores que alimentan el dolor.
No está justificado el culpabilizar al padeciente.
Es el profesional el que debe registrarse para ver cómo puede mejorar la comprensión de lo que sucede desde la óptica del organismo.
El padeciente tiene derecho a conocer su organismo y, sobre todo, a que el profesional que le cuida lo conozca también.
El organismo tiene neuronas, organizadas en una red defensiva que puede convertir la residencia en él en un infierno, aunque ese organismo esté razonablemente sano y apto para la brega diaria.
Esta cuestión fundamental: la condición consustancial del sistema neuroinmune de defensa de actuar potencialmente desde el error, debe conocerse. Ahorraría mucho sufrimiento.
La culpa es del sistema neuroinmune.
A veces se equivoca y, además lo confunden o, incluso, engañan.
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