Deconstruir la migraña.6
La crisis de migraña asocia al dolor y las náuseas-vómitos, intolerancia a estímulos sensoriales: luces, ruidos y olores y pocas ganas de interacción social, del todo comprensible.
Los expertos no dan explicaciones sobre la génesis de la intolerancia sensorial, sobre su sentido biológico.
La crisis de migraña es una acción del organismo. Surge de las entrañas del miedo biológico al daño y de la gestión motivacional de la conducta del individuo con el objetivo de que este actúe de modo coherente respecto a las evaluaciones que el cerebro hace sobre las condiciones de cada escenario.
Si duele la cabeza es porque el organismo evalúa amenaza a su integridad física.
Si aparecen las náuseas y los vómitos es porque se ha valorado que la amenaza recae sobre el interior y puede haber entrado por vía digestiva, por lo que hayamos comido.
Si además el pobre migrañoso no puede soportar estímulos del mundo exterior quiere decirse que el organismo penaliza la interacción del individuo con el mundo, un conjunto apetitoso de luces, sonidos, sabores y fragancias.
La supuesta genética de la migraña debe explicar una condición que explique todos los programas de la crisis: alerta neuronal (pródromos, aura), dolor, náuseas e intolerancia sensorial.
No vale un gen o conjunto de genes que expliquen la génesis facilitada de la onda de depresión.
Tampoco un gen o conjunto de genes que faciliten la sensibilización de las terminales trigeminales.
Lo mismo sucede con la supuesta genética que facilita las náuseas-vómitos y la intolerancia sensorial.
Cada individuo nace con sus genes, que incluyen aquellos que facilitan y/o reprimen su expresión y los que obligan a aprender con la experiencia, la observación y la instrucción de los cuidadores.
Hay una genética de la evitación de daño y la de su contraria: la búsqueda de novedad.
Hay una genética del miedo y también de la obediencia a los cuidadores.
Todo en la migraña va dirigido a anular al individuo, su programa social. La seguridad del organismo, de la cabeza, impone su prioridad. Lo comido es potencialmente peligroso y hay que quedarse en casa, en la guarida, eliminando cualquier rastro de lo que se haya comido, por precaución.
El cerebro migrañoso tiene problemas para asignar irrelevancia, banalidad, a todo. Le cuesta tolerar sin reservas variables externas e internas absolutamente inofensivas.
No hay motivo para retener al paciente en casa con la cadena del dolor y la aversión a todo tipo de estímulos.
La crisis encontraría su justificación, su prestación defensiva justificada, ante un peligro inminente en el interior de la cabeza pero tal peligro sólo existe en el maldito cerebro, el órgano más absurdo del organismo.
Lo único peligroso es el error evaluativo que una y otra vez se sustancia en forma de crisis.
Los neurólogos recomiendan obedecer: cuarto obscuro, quietud y calmante precoz.
La genética de la obediencia consigue el objetivo.
La información oficial promueve la conducta obediente.
En este blog sugerimos lo contrario: desobedecer las propuestas del organismo desde la convicción de que está gestionando pésimamente la seguridad de la cabeza.
La desobediencia debe estar justificada, argumentada. De ahí la necesidad de alfabetizar al organismo en biología defensiva y librarle de la cultura, de la medicalización.
Un corte de mangas y a vivir, que son cuatro días.
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