Deconstruir la migraña.3
Hay una obsesión por identificar el origen de las crisis en un tejido, un lugar, una molécula, un gen, un desencadenante. Algo puntual señalable. Un eslabón anormal de una cadena de producción. Identificamos lo culpable, lo que se desvía de la normalidad y así disponemos de una posibilidad de neutralizarlo.
De las épocas de los dioses y espíritus pasamos a los humores y más tarde a agentes biológicos modernos como arterias, terminales del trigémino, canales iónicos, mitocondrias, neuromoduladores y neurotransmisores.
La neuroimagen funcional aporta la posibilidad de señalar qué zonas del cerebro se activan cuando algo sucede. Esas zonas son consideradas como responsables (“generadores”). El fuego se inicia siempre por un punto y luego se extiende.
La migraña es un estado de alerta defensiva resultante de la evaluación que en ese momento, lugar y circunstancia está operando en el sistema neuroinmune, desde el conocimiento, expectativas y creencias que ese sistema ha construído a lo largo del aprendizaje.
La evaluación y el estado de alerta generado es una función distribuída por toda la red neuronal, una red altamente integrada en la que todos sus componentes son afectados de modo complejo con cualquier variación de cualquiera de ellos.
Lo que importa en la migraña no es lo que sucede sino lo que la función evaluativa considere.
Si toca alerta, como resultado de la memoria predictiva que rige los estados de la red, el organismo se adapta a esa situación en su conjunto, independientemente de que la predicción sea o no atinada, racional.
La actividad de las áreas implicadas en el despliegue de la alerta puede detectarse con neuroimagen o a través de la liberación de mensajeros químicos. El dolor, las náuseas y la intolerancia sensorial resultan del estado de alerta del organismo, no de la presencia de esos mensajeros.
El individuo es solicitado por los síntomas a implicarse en el estado de alerta y cumplir lo que se requiere: refugio, vómito, calmante, suspensión de actividad, atención focalizada en el organismo, rumiación cognitiva.
El calmante es una simple molécula que aportará una leve modificación no selectiva por todos aquellos lugares del organismo en los que encuentre su diana farmacológica. El estado de alerta no se disolverá por la virtud química del fármaco, que corregirá supuestamente una química alterada, sino por cumplir con una expectativa neuroinmune que considera la acción de “tomar el calmante” como eficaz para retirar el estado evaluativo de amenaza.
Las hipótesis oficiales y alternativas sobre la migraña coinciden en ese afán de puntualizar la causa: identificarla como un algo concreto y no como un estado de un sistema complejo como es el sistema neuroinmune.
En mi opinión, la disfunción evaluativa, el valorar amenaza en la cabeza sin existir motivo para ello, se combate con el conocimiento y su aplicación. El miedo se racionaliza comprendiendo lo que sucede y afrontando la realidad real y no la imaginada.
Para unos la migraña es cosa de genes, alimentos, estreses, meteoros, contracturas, hormonas o energías desequilibradas y debe combatirse corrigiendo las desviaciones de esas variables concretas, puntuales.
Para mí, estamos ante un sistema complejo en el que no existe la suma del dos más dos igual a cuatro. Ese sistema defensivo neuroinmune se alimenta con información alarmista y experiencias sesgadas generando así una dinámica de retroalimentación que da lugar a esos terribles estados de pánico defensivo por parte del organismo.
El sistema neuroinmune está condenado a aprender, a evaluar, a catalogar escenarios como amenazantes. Puede equivocarse y puede, además, no detectar el error, entrando en una espiral fóbica que, periódicamente aboca a la locura del dolor desatado, los vómitos y la intolerancia a todo.
Algunos confían en la toxina botulínica, el topiramato, los triptanes o los anticuerpos monoclonales frente al CGRP.
Otros en la punción seca, los masajes, el yoga, la meditación o una alimentación tolerada.
El sistema neuroinmune queda al margen. Al parecer no existe o si existe siempre acierta, salvo que lo desquiciemos con queso curado, chocolate, frutos secos, cambios o desequilibrios de todo tipo.
El sistema neuroinmune, al parecer, no evalúa, no imagina, no teme ni desea; no se equivoca. Es un sistema frío, lineal, que hace su trabajo de modo reflejo, sólo cuando algo nos ataca.
No es así.
El organismo, a través del sistema neuroinmune de defensa, está siempre alerta. Deja tranquilo al individuo cuando sale el día evaluativo despejado pero al primer nubarrón en el cielo imaginado, obliga al individuo a sacar todos los paraguas o quedarse en casa… aunque no llueva.
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