La personalidad migrañosa
Desde la perspectiva teórica de que el migrañoso nace se ha intentado describir una personalidad marcada por la genética que determinaría la aparición de las crisis a través de un modo o estilo de afrontamiento de la realidad. El modo de afrontar la vida, la atribución de valores, la autoestima y autoexigencia y otros indicadores podrían conformar un tipo conductual que facilitaría la eclosión de la condición genética misteriosa del ser migrañoso. Se dice que el migrañoso es perfeccionista (“anancástico”) y proclive a la ansiedad generalizada, temeroso de que no todo vaya bien o se haga correctamente, de que no se acaben de detectar o considerar todos los elementos que podrían explicar o resolver un conflicto. No hay un modo de ser normal. Hay múltiples formas de afrontar con éxito razonable el día a día. Cualquiera de los estilos o personalidades puede conducir a la estabilidad o a la crisis. No es condición necesaria ni suficiente el perfeccionismo para acceder a la migraña. Sí pudiera ser que buscar la perfección sea una condición de vulnerabilidad, un terreno abonado, para que la condición migrañosa anide, al igual que la talla alta facilita el que uno juegue al baloncesto pero lo importante es la interacción entre los factores genéticos y la interacción con el entorno. Desde el punto de vista neurofisiológico el dato más consistente en la migraña es la dificultad que muestran los pacientes para habituar la respuesta a estímulos irrelevantes. Las “personas normales” dejan de atender rápidamente los estímulos que no aportan nada. Codifican con facilidad como vacío de contenido y, por tanto, no merecedor de atención ni protección, aquello que, objetivamente, es irrelevante. Las “personas migrañosas”, al contrario que las “personas normales”, tienen dificultad para poner el sello de irrelevancia a lo que es irrelevante o el de conformidad cuando algo pudiera ser aún mejor o peor. La migraña es un estado cerebral de alerta sobre relevancia física catastrófica atribuída a todo tipo de variables irrelevantes. El dolor expresa la alerta sobre amenaza de peligrosidad física en la cabeza; la intolerancia digestiva, la alerta sobre peligrosidad potencial de lo que hemos comido o vayamos a comer; la intolerancia sensorial la alerta sobre peligro de interacción con el mundo externo. Ese sería el significado biológico, evolutivo. Los programas de dolor, intolerancia sensorial y digestiva, están ahí porque han aportado seguridad física ante contingencias físicas. El cerebro migrañoso atribuye trascendencia física negativa potencial a todo tipo de variables, desprovistas de nocividad real. El cerebro busca siempre correlaciones, patrones, causas. Es un órgano predictivo, especulador, ávido de poder anticipar el comportamiento de la realidad. Habita a caballo entre la realidad y la fantasía. En la migraña puede la consideración de lo posible catastrófico a pesar de la evidencia objetiva de que casi con absoluta probabilidad esa evaluación sea irracional. Comete errores de atribución. Habita la incertidumbre y comete errores por miedo. Más preocupante aún: no contabiliza como error lo que es un error y eso hace que se instaure muchas veces la dinámica de la facilitación y cronificación de las crisis. Los estudios de personalidad registran al individuo, su psicología, dando a entender que hay un componente de culpabilidad o, al menos, responsabilidad, en el modo de “ser” o “estar” en el mundo y frente a sí mismo. La “personalidad migrañosa” perfeccionista no podría desoir la llamada de la posibilidad por más que fuera altamente improbable. Todo debe ser considerado y rumiado hasta el extremo con la autoexigencia de dar con la mejor solución aun a costa de exprimirse. El paciente migrañoso, impulsado por su “perfeccionismo”, intenta hacer lo mejor para conseguir objetivos personales pero la migraña aparece como obstáculo insalvable. Acude a los profesionales para recibir consejos y terapias y seguirlas para poder llevar una vida mínimamente normal. Se aplica a ello, generalmente sin éxito. Se autoexige sobrellevarlo con dignidad. Oculta socialmente su condición. Disimula. Finge estar medio bien. Supongamos que así fuera. Los migrañosos son perfeccionistas y eso les pasa factura ya que a su cerebro, estando tocado por la condición hipersensible, no le conviene que le echen más leña al fuego, manteniendo un nivel de autoestrés e incertidumbre para abarcarlo todo sin acabar de darse por satisfecho nunca. El consejo sería: “no seas así”; “tienes que tomarte las cosas con otra filosofía”; “te lo tomas todo tan a pecho”; “relájate”, “acéptate”, “renuncia a objetivos”, “baja el listón”… Creo que no es un problema de “personalidad” sino de aprendizaje defectuoso, no por culpa de la condición migrañosa sino de los contenidos culturales que encuentran el terreno ideal para arraigar en ese cerebro sensible (“perfeccionista”), de fácil alerta frente a lo que pueda perjudicar e impedir el acierto en conseguir los objetivos marcados. Si uno es perfeccionista seguirá siéndolo de por vida y eso no es malo aunque la gestión del perfeccionismo sea complicada, como lo es la gestión de cualquier personalidad. A una “personalidad migrañosa” hay que dejarle en paz con su perfeccionismo y calmar las evaluaciones alarmistas de un cerebro que también es perfeccionista a la hora de ver peligro e incertidumbre donde no la hay. Las propuestas oficiales no ayudan. Más bien lo contrario. Me caen bien los perfeccionistas. No se merecen ese estigma. Sólo necesitan disponer de otro marco interpretativo para comprender el enredo migrañoso y aplicarlo para liberar su personalidad, la que sea.
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