El dolor no daña
El dolor es un contenido de la conciencia, un sentimiento desagradable, algo subjetivo que puede estar relacionado con un evento de daño real o potencial en la zona que duele o, en ausencia de tal daño, responder a una evaluación imaginada, errónea, de nocividad.
Dicen que el dolor, cuando no es secundario a una enfermedad o daño, es en sí una enfermedad que acaba dañando, deformando la estructura de los tejidos. De ahí que sea importante controlarlo precozmente para proteger la integridad física del organismo.
Convertir el dolor en algo dañino es cosificarlo, dar por cosa lo que no es. La cosificación implica reduccionismo, desconsideración de componentes importantes, abstractos. Algunos convierten (reducen, cosifican) el dolor en una cosa química, explicable y controlable por unas pocas moléculas relevantes. Otros lo cosifican en músculos contraídos o en tóxicos liberados por una alimentación inadecuada.
La cosificación permite un control ilusorio de la situación tanto por parte del profesional como por parte del paciente.
Como contenido de la conciencia el dolor es tan “incosificable” como la propia conciencia, de la cual no es más que una de sus múltiples expresiones.
Cosificar lo incosificable define la falacia de reificación: la tendencia a convertir entidades abstractas de difícil cuantificación y determinación de sus cualidades en entidades lógicas ajustadas a un determinado esquema conceptual.
El cerebro de los pacientes de dolor crónico acaba mostrando en las imágenes de resonancia magnética funcional (a medida que se acumulan años de dolor) disminución del espesor de la corteza cerebral en algunas áreas así como cambios en la conectividad.
Se interpreta que el dolor es causa de ello y no un efecto de un estado evaluativo de estructura compleja y no cosificable.
En el dolor sin daño relevante, se activa una conectividad neuronal cuyo objetivo es el de defender la integridad física de una zona del organismo aun cuando esa zona no necesite la protección pues está razonablemente sana y puede y debe funcionar bajo un régimen de actividad libre.
Junto al dolor se activan programas que limitan la actividad del individuo, áreas que secuestran la atención para rumiar sin descanso ideas catastrofistas o inducen patrones motores poco funcionales y mecánicamente estresantes.
Los recursos defensivos están ahí para activarse cuando se necesitan y apagarse cuando dejan de producir ventaja y sólo generan perjuicio.
No es el dolor, el efecto, lo que hay que controlar, sino su causa: una evaluación de amenaza errónea, disfuncional, nociva.
Si queremos cosificar el dolor cosifiquemos su origen, la disfunción evaluativa, las creencias y expectativas que la alimentan, aunque no sean contables, es decir, cosas. No lo son pero sí cuestiones pertinentes y relevantes.
Los errores evaluativos cronificados, enquistados, son una cosa que acaba “dañando” (modificando) los circuitos neuronales y la calidad de los tejidos periféricos.
No abundan los profesionales que cosifiquen la evaluación y dediquen sus esfuerzos a sanearla cuando desvaría de puro miedo.
La disfunción evaluativa debe detectarse y corregirse precoz e intensivamente, desde la infancia.
Mantener la disfunción, el nocebo, y empeñarse en silenciar el dolor con cosas químicas, musculares o de otro tipo, o con la cosa del placebo no debilita la susodicha disfunción sino que la engorda haciendo que ese engorde acabe adelgazando la corteza prefrontal.
El dolor es una cosa evaluativa.
Es mi opinión.
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