Ayudar al organismo
Un organismo es algo muy complejo y vulnerable. Una simple célula lo es. Cada función se sustenta en una apabullante red de reacciones químicas que se suceden a ritmo vertiginoso con una precisión inimaginable. Todo está regulado. Nada debe suceder fuera de los márgenes estrechos de la supervivencia. Hay multitud de controles de calidad que garantizan la seguridad y eficiencia del día a día de cada célula. Ante la duda, severos e implacables mecanismos de inducción de muerte se ponen en marcha, desde fuera (por ej. por decisión del sistema inmune) o desde la propia célula (suicidio celular).
El Sistema Neuroinmune vigila y detecta todo tipo de amenazas, externas e internas. A golpe de experiencia, con errores incluidos, consigue completar un vasto catálogo de señales informativas, que anticipan la posibilidad de un estado amenazante, con una probabilidad de acierto variable, en cada caso.
Si se detecta esa señal catalogada como relevante, se activan las alertas y el organismo se coloca globalmente en estado defensivo. El individuo consciente forma parte del organismo y, también, debe ser activado.
Los llamados síntomas corresponden a la proyección a la conciencia de aquellas percepciones, emociones y cogniciones que incitan al individuo a aceptar, consciente o inconscientemente, una conducta defensiva, de alerta.
Las alertas y la activación de los programas defensivos pueden estar justificadas y nos libramos en muchas ocasiones de padecer la enfermedad o lesión, en sentido clásico, pero pueden no estarlo y lo único que hacemos es soportar (padecer) la activación de los programas, en ausencia de amenaza real de enfermedad.
No siempre el organismo es capaz de neutralizar las amenazas o reponer los destrozos del daño consumado. Afortunadamente Homo sapiens, a través de la cultura puede echar una mano al organismo para ganar batallas, que, de otro modo, estarían perdidas. Valga el ejemplo de la penicilina en la meningitis meningocócica.
En los casos de activación errónea de las alarmas defensivas no cabe la ayuda dirigida a neutralizar un enemigo, pues no existe. El problema está en la propia función evaluativa.
Lo ideal sería ayudar al organismo a detectar y corregir el error, a quitar relevancia informativa a las señales catalogadas como válidas. Si no es posible, cabe la ayuda del alivio de los síntomas, es decir, del sabotaje a la trama de los programas defensivos activados, por ejemplo con corticoides en una enfermedad autoinmune, o con fármacos que tratan de bloquear globalmente al sistema neuroinmune (inmuno y neuroinhibidores).
Algunos pensamos que, al menos, en la rama neuronal del sistema neuroinmune, cabe la posibilidad de una ayuda pedagógica:
– Cerebro, estás equivocado. El chocolate no contiene ninguna amenaza directa tóxica a la integridad física de la cabeza ni es informativo de una supuesta amenaza futura. Deja que individuo lo disfrute.
En el sistema Inmune (en un caso de alergia a la penicilina) sería imprudente esta estrategia:
-La penicilina no es tóxica para el organismo sino para ese mal bicho que nos puede matar. Desactiva la alerta y deja que el médico la administre.
En los errores neuronales la estrategia de aliviar los síntomas refuerza el error evaluativo que da lugar a la activación de la alerta, ya que esa activación incluye la presión al individuo de ejecutar conductas defensivas. Tomar un calmante, meterse al cuarto oscuro o cualquier otra estrategia “terapéutica” refuerza para futuras ocasiones la evaluación errónea y la sugerencia de hacer algo “terapéutico”
Nos queda la opción pedagógica. La red neuronal ha nacido con el instinto de aprender. Sólo necesita experiencia, buenos modelos a imitar y buena información experta.
¿Dónde está la buena información experta?
Yo tengo mi opinión.
Otros, por supuesto, la contraria.
En todo caso debe quedar claro si al ayudar al individuo, intentando calmar los síntomas, estamos ayudando al organismo en lo que importa: disolver el error evaluativo, la patología que hay que erradicar.
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