Aplicarse la propia Medicina
Ayer comenzamos un nuevo curso de pacientes de migraña en el Centro de Salud de San Blas, de Alicante.
Hablamos del miedo irracional del organismo, que subyace en la entraña de la crisis migrañosa y de la necesidad de inyectar conocimiento veraz, biológico, para contener la dinámica del miedo desbocado y retroalimentado inconscientemente por el paciente.
En el curso de la crisis debemos saber que nada amenazante está pasando ni va a pasar y tratar de concentrarnos en la tarea que nos ocupa. La pelea está servida. El organismo requiere la atención hacia cuestiones internas y presiona al individuo para que este se conduzca como si algo terrible estuviera sucediendo o fuera a suceder.
Es fácil predicar pero aplicar la teoría es más complicado. El dolor, las nauseas y la intolerancia sensorial a luces, olores y ruidos, tiene mucho poder de convicción y no siempre la teoría consigue el éxito debido.
Ayer actuaron Los Sabandeños en Alicante. Me enteré justo dos días antes y ya sólo había entradas en el último piso del anfiteatro. Cogí una localidad de primera fila y allí subimos. No me acordé que tengo “vértigo” de altura y al momento de sentarme noté la angustia de estar al borde del precipicio.
El denominado “vértigo” no es tal. En propiedad un vértigo es una alucinación de movimiento. Sentimos que el mundo se mueve aun cuando esté quieto. Los que padecemos el “vértigo” de altura no vemos ningún movimiento del entorno pero sentimos un desasosiego angustioso por el temor irracional a que nos precipitemos al vació (al patio de butacas). Realmente eso es altamente improbable. No me voy a caer al patio de butacas. Estoy sentado. Hay una protección. ¿Entonces?
No me voy a caer pero me puede dar por lanzarme al vacío. Es improbable también pero posible. El pensamiento intrusivo que me plantea machaconamente la duda se instala en la conciencia y se queda, como una de esas melodías que no podemos quitarnos de la mollera.
En el cerebro toda idea que implique una acción motora, se acompaña de la preparación motora para ejecutarla (principio ideomotriz). Uno siente que las piernas están preparadas para dar el salto y como si ya se decidieran a hacerlo.
El el escenario Los Sabandeños desgranaban su popurri de folcklore canario con excelente oficio. Intenté concentrarme en la música para eliminar la idea de precipitarme al vacío, pero era inútil.
Pensé: hay unas butacas libres, tres filas más arriba. En el descanso me voy para allí. Mientras llegaba el momento liberador, cerré los ojos, me agarré a la butaca, traté de interiorizar la percepción de mi cuerpo, sentado por obra de la gravedad, sin ninguna intención de aplicar un programa de saltar… No conseguía gran cosa. El vacío seguía allí, a mi disposición, con el pensamiento intruso que planteaba con angustia ¿y si lo haces?
Los Sabandeños seguían con su actuación y al cabo ya de casi una hora me dí cuenta de que no había descanso. No había escapatoria. Veía las butacas vacías y se esfumó la posibilidad. Tenía que aguantar como fuera. Seguí con los ojos cerrados, abriéndolos de cuando en cuando para comprobar que todo seguía igual pero, poco a poco, la música fue ganando y conseguí mirar al escenario sin problema. Incluso me permití el lujo de asomarme al patio de butacas.
Acabó el concierto. Me levanté y me dediqué a observar a los espectadores de butaca que abandonaban el teatro, complacido con el éxito de la pelea con mi cerebro.
Reflexiones:
En una crisis escénica de incertidumbre, pánico o angustia, el organismo intenta que evitemos el escenario, lo abandonemos y nos instalemos en uno seguro. Si lo hacemos desaparece la crisis. Si no lo hacemos se instala el calvario y engorda. La posibilidad liberadora de las butacas libres era la solución y si hubiera habido descanso habría disfrutado del concierto. Pero… no hubo descanso y no tuve más remedio que seguir allí. Sin embargo, el que se esfumara la solución me obligó a disolver la crisis.
¿Qué tiene que ver esto con las crisis de migraña?
Pienso que las crisis contienen la misma estructura fóbica del miedo irracional. Con el dolor, las náuseas y la intolerancia sensorial, el cerebro trata de que abandonemos el escenario que deseamos ocupar y nos instalemos en aquél que es adecuado para una situación de amenaza: el cuarto oscuro, con el calmante y limpiando el estómago, por la posibilidad de que algo malo hayamos comido. Si obedecemos puede que aparezca el alivio pero habremos perdido una batalla. Resistirse no es fácil y se paga con más dolor, más náuseas y más intolerancia sensorial. El pensamiento que invita a obedecer la propuesta del organismo se instala como la de abandonar el teatro o ir a localidades más seguras.
No sé qué pasará la próxima vez. Supongo que no cogeré una localidad al borde del precipicio pero si no hay más remedio volveré a pelear. Mientras tanto iré asomándome a balcones para hacer prácticas.
Los Sabandeños, como era de esperar, triunfaron. No me gustó su versión de “mirando al mar” ni la de “María, la portuguesa” . Lo demás, con la fuerza y oficio habituales.
Los pacientes del curso se enfrentan muchos días al mismo dilema. Cambiar el chip y la conducta. Enfrentarse al organismo, a sus rutinas, hábitos, miedos y memorias, no es fácil pero se puede conseguir, desde el conocimiento y la voluntad. El problema reside en que siempre está la posibilidad de dejarse de historias y tomarse el calmante y refugiarse en el cuarto oscuro.
Uno debiera desobedecer y optar por el corte de mangas. Esa es la propuesta.
¡Suerte!
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