Viejos (pero vigentes) esquemas
El sistema nervioso analiza la realidad externa e interna por medio de una amplia gama de sensores, insertados en la membrana de las neuronas sensitivas. Los estímulos generan señales que llegan a centros que las procesan y evalúan y de ellos surge una respuesta adaptativa. Es el esquema “sandwich”: estímulo-valoración-respuesta o, también: percepción-cognición-acción. El conocimiento sería la parte noble del sandwich, emparedado entre lo que percibimos y lo que hacemos. Habría áreas específicas para percibir, otras para pensar y decidir sobre lo percibido y otras para ejecutar la respuesta decidida. Habría también una dirección: primero se percibe, luego se piensa y, finalmente, se responde.
El conocimiento acumulado a lo largo de la vida (individual y de especie) estaría allí esperando la llegada de estímulos sensoriales para seleccionar la respuesta más adecuada. Habría vías que van de los sensores a los centros y de estos a las áreas motoras por unos carriles unidireccionales.
Si así fuera, probablemente no existiríamos como especie. El tiempo es oro en cuestiones de supervivencia y con el esquema descrito daríamos siempre ventaja al depredador.
Desde que aparecen las primeras neuronas en el embrión, se va codificando simultánea e integradamente los movimientos con los efectos sensoriales que estos generan y una evaluación de su significado adaptativo. La red neuronal sabrá así qué movimientos son necesarios para generar determinados estímulos y, a la inversa, que estímulos sensoriales generarán las acciones que se ejecuten. La cognición es lo que permite esa predicción bidireccional y, simplemente, expresa la dependencia entre percepción y acción. Las tres funciones o fenómenos: percepción, cognición, acción son caras de la misma moneda y están codificadas conjuntamente.
El cerebro puede representar de este modo la realidad como un conjunto de probabilidades con su potencial apetitivo y aversivo, de beneficio o perjuicio.
Cuando nos movemos y nos duele concluimos que la acción ha generado dolor porque hemos estimulado zonas dañadas. Calificamos el dolor como un estímulo liberado por los tejidos irritados por el movimiento y valoramos el patrón defensivo de la respuesta al dolor como una decisión que sigue a la percepción de dolor.
Parece razonable pero no se ajusta a lo que realmente sucede.
Cada acción implica una interacción del organismo con el entorno. Basta la intención de movernos para que se active un patrón motor determinado, adaptado a la valoración de riesgo que el sistema nervioso le atribuye y un patrón perceptivo, potencialmente de dolor. Dolor, evaluación y movimiento son indisociables y no hace falta completar la acción para que estén dispuestos, preparados, el componente evaluativo y el perceptivo.
Ni siquiera hace falta que las acciones las ejecutemos nosotros. Aprendemos de la observación de acciones y percepciones ajenas, a través de su relato y del lenguaje no verbal, así como de la información de expertos y legos.
La intervención profesional, una vez descartado el daño relevante, debe considerar las tres patas del banco, de modo integrado.
El aprendizaje modula percepción, cognición y acción y lo hace de modo integrado. No puede ser de otro modo ya que la codificación es común.
Nuestro afán de analizar, separar y ordenar secuencialmente nos ha llevado a una concepción del funcionamiento del sistema nervioso que no se ajusta a la realidad. El falso esquema nos genera ilusión de comprensión y control pero nos condena potencialmente al atasco cuando aparece el dolor injustificado.
Los pacientes piden que les quitemos el dolor para poder así moverse y dejar de catastrofizar. Algunos profesionales sugieren mejorar el movimiento para que no duela. Otros sostienen que lo fundamental es trabajar las cogniciones erróneas, el alarmismo.
No tiene sentido centrarse en uno sólo de los componentes. Aunque no lo queramos habremos actuado siempre sobre los tres, seamos o no conscientes de ello.
¿Qué es el dolor? ¿Una percepción? ¿Una acción? ¿Una decisión?
Las tres cosas.
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