Mil entradas
Esta entrada hace el número mil. No me puedo sustraer al efecto de la cifra y le rindo un pequeño homenaje.
En Marzo de 2009 comenzó la andadura del blog tras un titubeo previo un año antes. El objetivo: difundir conceptos novedosos de Neurociencia relevantes para la comprensión del dolor: el cerebro gestiona la seguridad física del organismo tratando de predecir todo aquello que pueda suponer una amenaza. El cerebro es un órgano evaluativo, imaginativo, constructor de hipótesis, cuya probabilidad de acierto es incierta. El dolor no surge de los tejidos sino de la función evaluativa continua cerebral.
Nuestros genes disponen una dinámica de conectividad neuronal que determina una dependencia poderosa del aprendizaje, guiado por la imitación de modelos y la instrucción de expertos. No está determinado el resultado de la función evaluativa. Sólo la instrucción de hacer acopio de información para guiar el proceso.
El dolor expresa un estado de opinión, una “preocupación” cerebral por la integridad de una zona corporal, en un momento y circunstancia, en un escenario.
El cerebro construye expectativas, pre-visiones de futuro, en base a unas creencias o estados estables de conectividad.
No hace falta que las opiniones cerebrales sean razonables. El cerebro no es un órgano inteligente per se. Tiene la capacidad de generar inteligencia pero ello depende de que disponga de la oportunidad de hacerlo.
La cultura del dolor no contiene inteligencia, desgraciadamente. Más bien lo contrario: miedo infundado. Miedo a los cambios meteorológicos, a los vaivenes emocionales cotidianos, al movimiento, a lo que comemos, a lo que sentimos y pensamos.
Un cerebro instruido en el miedo es una carga para el individuo. El miedo a la enfermedad activa programas de enfermedad que proyectan dolor, cansancio, desánimo. El receptor, el individuo consciente, siente que reside en un organismo enfermo y confunde la alerta de enfermedad con la enfermedad misma, al igual que podemos confundir la activación de la alarma por robo con el robo consumado.
Migraña, fibromialgia, dolor crónico. Son etiquetas que los expertos proponen para identificar diversos estados de temor cerebral pero no los explican como estados de alerta sino como enfermedades misteriosas a las que buscan origen en genes, estilos de vida o toxicidad ambiental.
Confundir los programas de alerta por enfermedad con la enfermedad es un error grave. La migraña contiene la alerta en la cabeza con la proyección de dolor, la eliminación de lo comido por temor a que el peligro haya entrado con lo ingerido, la aversión al mundo externo para obligar al individuo a permanecer en el refugio, en la cueva. Son programas biológicos ancestrales, seleccionados evolutivamente para reducir los riesgos ante la presencia posible de predadores.
Los expertos no consideran esta posibilidad del error y se limitan a administrar remedios que tratan, muchas veces inútilmente, de bloquear la expresión de los programas. Antinflamatorios, antitérmicos, antitusígenos, antidepresivos, antieméticos. Los remedios anti son parches que alivian el hambre en el momento pero la avivarán en el futuro porque refuerzan las tesis de enfermedad y la necesidad adictiva de utilizarlos.
Todo esto que sostengo no es charlatanería sino pura biología, es decir, evolución. A la instrucción experta del dolor le falta precisamente eso: referencia al papel del cerebro en la gestión de la seguridad física del organismo. Parece como si el organismo rodara sólo por la fuerza de unos genes inteligentes que ya saben lo que tienen que hacer. Sólo unos genes que contienen enfermedad pueden explicar la barbarie migrañosa. La migraña, la fibromialgia, dicen los expertos, son enfermedades a las que se debe buscar una causa y un remedio.
Las mil entradas del blog han tratado de transmitir esa idea básica: el cerebro aprende sin garantía. Las supuestas enfermedades no existen. Sólo hay programas encendidos cuando tenían que estar apagados.
¿Cerebro equivocado, atemorizado, engañado, alienado, encarrilado, pre-dispuesto, adoctrinado?
Eso mismo.
Hoy, más que nunca, necesitamos la pedagogía extensiva en biología a los ciudadanos. Dudo que los expertos sean conscientes de esa necesidad. Creen que su información es la buena y que los ciudadanos que padecen debieran cuidarse y no hacer o haber hecho lo que hacen o hicieron.
Hay una excepción: un apasionado grupo de fisioterapeutas que aceptan el reto del cambio de paradigmas. Para mi satisfacción son los que siguen este blog. Mi agradecimiento y aliento para seguir en esa línea.
¿Consulte a su médico?
En temas de dolor que no responden a una lesión que lo explica de modo contundente, ande con cuidado. Por si acaso instrúyase en los nuevos paradigmas. Hágase con una buena inmunidad cognitiva.
Más y mejor Pedagogía¡¡¡
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