III Congreso de la SEFID. Reflexiones
En el Congreso de Sevilla la palabra clave fue cerebro.
No brain, no pain. Es algo obvio, perogrullecso. En los tejidos se cuece una sopa de mensajeros del daño. Las neuronas del daño (nociceptores) son sensibles a los agentes y estados nocivos y al daño consumado; transforman el daño en señal nerviosa y conducen información a los centros neuronales medulares, subcorticales y corticales. Allí hay dispuestas respuestas defensivas que se activan en función tanto de la información que llega como de los diversos contextos que acompañan inevitablemente a cada incidencia en los tejidos.
El cerebro, se dice, modula el dolor. Las emociones, la ansiedad, el ánimo, las expectativas y creencias, es decir, aportaciones del individuo, hacen que el cerebro amplifique o reduzca las señales de los tejidos y lo hacen, eso dicen, en la médula, en la primera conexión de su camino hacia el cerebro.
Hubo más de un desliz léxico: “señales de dolor” fue el más oído.
En mi opinion el cerebro no modula el dolor. El dolor no es una cosa. Es un contenido de conciencia, una percepción. es decir algo sobre lo que sabemos poco o nada. Nos limitamos a sentirlo. Lo que hace el cerebro es evaluar la amenaza, local, regional y global, dentro del contexto que corresponde, y lo hace, si hay oportunidad, de modo anticipado, probabilístico.
Hablar del cerebro es hablar de probabilidad imaginada, soñada, temida y deseada a lo largo del aprendizaje. Un aprendizaje anclado en la experiencia propia y ajena y en la instrucción abstracta de los expertos.
El organismo no teme el dolor sino el daño. Cada vez que el dolor aflora en la conciencia el cerebro recibe información de reentrada de que algo amenaza la integridad física de una zona. Lógicamente esa evaluación de amenaza contiene expectativas y creencias (probabilidades asumidas) de daño. El sistema de alarma detecta su propia activación a través del sonido de la sirena. Podemos deducir que existe una evaluación de amenaza, más o menos fundada. Habrá que comprobar si han entrado los ladrones y han consumado el robo o lo van a hacer si no los detenemos. Si no hay indicios de robo consumado o inminente y la sirena suena de modo reiterado concluiremos que la función evaluativa de amenaza del sistema es disfuncional. Genera falsos positivos.
Temo que se transmite, con o sin intención, la idea de que es el individuo quien genera el dolor fácil con sus estados emocionales, sus memorias, su hipervigilancia, su miedo al dolor y/o al daño.
– No hay que considerar el cerebro sino a la persona.
Suena convincente, humano, holístico, biopsicosocial.
Prefiero el consejo opuesto:
– No hay que registrar la persona sino su organismo, su cerebro, si se prefiere.
Suena más frío, excesivamente bio y poco psicosocial. No mola.
Hay que hablar del cerebro, no como el asiento de la neuromatriz que da vida a las señales físicas de los tejidos generando dolor, mareando la perdiz de la localización, sino como el órgano evaluativo, gestor, predictor. Son los estados emocionales cerebrales los que hacen que salte el dolor, la fatiga, el desánimo.
En el dolor crónico no hay daño ni disfunción relevante primarios. Sucede lo mismo con el picor sin peligro cutáneo relevante. Lo único dañino es el rascado, la respuesta defensiva biológica a los parásitos y tóxicos químicos. La pregunta debe hacerse al cerebro que promueve la acción de rascarse, no habiendo necesidad y sí peligro en hacerlo.
¿Por qué el cerebro anima el rascado si no hay peligro cutáneo?
¿Por qué el cerebro proyecta el dolor si no hay amenaza en los tejidos?
¿La respuesta está en la pèrsona? Indaguemos en su vida, pasada, presente y futura. Templemos sus emociones. Relajemos, animemos, tranquilicemos. Quitemos el miedo al movimiento. Expongamos progresivamente a la acción. Recuperemos la confianza del individuo a moverse. Nada se roza, comprime ni desgarra.
Todo esto está muy bien y debe hacerse. En muchos casos será suficiente.
-¿Por qué me duele?
– Porque tiene miedo, porque su vida le pasa factura emocional. Muévase. No tenga miedo.
Ese planteamiento no responde en profundidad a la pregunta. El cerebro se va de rositas y el individuo tiene que asumir las culpas, aunque puede disculparse en evaluaciones de profesionales que le dijeron esto y lo otro y se lo creyeron.
En el Congreso se citó hasta el aburrimiento al cerebro a su función moduladora del dolor. Sin embargo no se habló del cerebro. Se habló de expectativas y creencias pero no se planteó su origen, su base biológica.
Faltaron, en mi opinión, ponencias de base, psicológicas, es decir biológicas, sobre la percepción, código común, predicción (Bayes), sistema de recompensa, culturización.
No puedo evitar mis sesgos. Desde esos sesgos transmito esta impresión.
El Congreso estuvo bien, francamente bien. Para muchos habrá supuesto un paso adelante de calado. Pero… sigo pensando que los tejidos mandan para lo bio y que lo psicosocial lo asume el individuo. El cerebro no es mas que el que transforma en opiáceos, serotonias, dopamina, endocannabinoides y noradrenalina el espacio emocionalmente vulnerable del individuo.
Es mi opinión.
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