El dolor no se modula
Está todavía vigente la idea de que el dolor se genera en los tejidos, neurales y no neurales y que sus señales son “moduladas” (modificadas: atenuadas o amplificadas) en areas cerebrales dedicadas a emociones y cogniciones.
El modelo biopsicosocial, a pesar de su label de modernidad, contiene esencialmente esta idea: el cerebro modula el dolor a través de sistemas inhibitorios y excitatorios descendentes que proyectan sus sugerencias hacia el asta posterior de la médula: centro de recepción de las “señales de dolor”.
Realmente el cerebro lo que hace es evaluar amenaza considerando el contexto, siempre desde las expectativas y creencias aprendidas. El dolor se proyecta a la conciencia como consecuencia obligada de la integración de todo tipo de propuestas surgidas de capas corticales y subcorticales.
Un placebo no atenúa el dolor directamente sino a través de una atenuación de la valoración de amenaza, derivada de la creencia de su efecto protector.
No existe una función de modulación del dolor. Sí existe la función de modulación de la peligrosidad de cada momento, lugar y circunstancia.
No existen analgésicos. Sí existen intervenciones de todo tipo que modifican la evaluación de peligro de destrucción violenta de tejidos.
Un anestésico local no elimina el dolor. Sabotea la información de destrucción local equivocando a las áreas evaluativas superiores. Como resultado no hay dolor, dado que el sistema no considera la amenaza.
La analgesia de los campos de batalla no surge de la acción de los opiaceos endogenos sino de una valoración integrada de amenaza que antepone la supervivencia del individuo en contexto de peligro respecto a la de los tejidos mortificados.
Los padecientes tienden a considerar el dolor como un testigo fiable del estado de los tejidos. El dolor lumbar testifica la situación del raquis sometido a una carga postural o de un esfuerzo. Resultaría extraña la valoración correcta:
– Me duele la espalda. Mi cerebro está considerando amenaza
Los padecientes creen que lo que alivia el dolor protege la zona dolorida. Los analgésicos, al eliminar el dolor, permiten que uno se mueva. Si hay dolor, la columna está rígida por la contracción muscular. Resultaría también extraña la consideración correcta:
– El calmante ha hecho que el cerebro autorice el movimiento.
Al cerebro lo que le interesa es evaluar el estado de los tejidos y las consecuencias que la conducta del ciudadano pueda tener sobre ese supuesto estado.
Al profesional debe preocuparle que el cerebro haga evaluaciones razonables que permitan y animen las acciones del individuo dentro de los límites tolerables, desde la perspectiva de la integridad y función de los tejidos.
Poner en el punto de mira al dolor y actuar para ver si lo aliviamos, sin tener en cuenta que al dolor siempre le precede una valoración de amenaza, no es lo deseable.
El punto de mira correcto es el de la evaluación. A veces es correcta. Los tejidos sufren y el dolor así lo está indicando. Habrá que identificar la causa del sufrimiento e intervenir para proteger su integridad. Otras veces el único sufrimiento surge de la valoración errónea de amenaza, del miedo al daño. Están activados programas de protección que mortifican los tejidos y al propio individuo sin que exista una razón que lo aconseje.
Está de moda la “modulación”. Nos atribuimos la capacidad de modificar el dolor sin valorar debida y obligadamente el impacto que nuestras acciones “analgésicas” generan en la valoración de los estados de amenaza y la dependencia futura de nuestras prestaciones.
El dolor no se modula.
La valoración de amenaza, sí. Siempre está ahí. Cada intervención analgésica no modula el dolor sino esa valoración.
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