Desmigrañarse
Dicen los neurólogos que los migrañosos nacen. Vienen al mundo con una carga genética que les condena al infierno de las crisis. Sólo cabe aceptarlo y prepararse para la mala vida cultivando hábitos ordenados y tomando los fármacos que ellos sugieren.
El migrañoso debe ser informado de su condición y aprender a comportarse según los cánones.
Mi opinión es radicalmente la contraria.
La migraña no es una enfermedad sino un estado. No corresponde al ser sino al estar. Es, por tanto, una condición potencialmente reversible.
Este sábado hemos tenido la revisión de un grupo de 14 padecientes. Participaron en un curso intensivo hace dos meses. Les explicamos el ABC del dolor desde la perspectiva moderna de la Neurociencia, una perspectiva radicalmente alejada de la que propone la oficialidad. Oyeron hablar por primera vez de nociceptores, el YO, la percepción, el sistema de recompensa, evolución, culturización, aprendizaje, sistema de defensa neuroinmune, predicción, toma de decisión, es decir, de la red neuronal, del cerebro.
Defiendo la tesis de la migraña como un producto del aprendizaje al calor de la cultura. Hay una genética que facilita el proceso pero lo fundamental es lo que se construye. El cerebro humano es un órgano a escolarizar. Su conectividad está pendiente de la experiencia propia y ajena y de lo que los instructores dicen. Nuestros genes nos condenan a aprender, influidos por modelos cercanos. No podemos evitar creer y descreer, esperar, temer, desear.
En el curso deconstruimos las falacias de la propuesta de enfermedad genética y presentamos argumentadamente la idea del aprendizaje migrañoso.
El resultado ha sido excelente. Menos días de dolor, menos fármacos, menos invalidez y más marcheta. Vuelve el queso curado, el chocolate, el alcohol y la inocente jarana. Los cambios de tiempo y hormonales se hacen irrelevantes. Se recupera la tolerancia a lo inofensivo.
El cerebro es un órgano cándido, preparado genéticamente para la obediencia, la imitación, el gregarismo. El miedo al daño sensibiliza el sentido del peligro. Los tutores nos inculcan el absurdo temor a la evitación de casi todo y la convicción de residir en un organismo vulnerable, sensiblero, irritable, mal alimentado, poco preparado para el estrés y la exposición a un entorno tóxico.
Los migrañosos son victimas de habérselo creído.
En el curso tratamos de devolverles la condición de la normalidad. Residen en un organismo razonablemente apto para la brega vital pero indefenso respecto a la escolarizacion acrítica en temas que los cinco sentidos y el sentido común no pueden protegernos.
Hay un riesgo de migrañización precoz, especialmente si residimos en una familia con modelos a mano. Una vez aparece el germen, se desarrolla sin problemas en el medio cultural que lo promueve.
Nunca es tarde para educar y reeducar nuestro cerebro. Los estados migrañosos se refuerzan fácilmente pero también pueden desinflarse con algo de esfuerzo facilitando al cerebro un marco de conocimiento que acerca el mundo imaginario del miedo al mundo de la realidad.
El estado migrañoso es un estado fóbico, supersticioso. En el curso intentamos deshacer ese estado animando a los padecientes a recuperar el trato confiado con lo cotidiano.
El pavoroso problema de la migraña se aliviaría sustancialmente con una campaña de escolarización en biología del dolor. Sería una inversión barata, rentable, enriquecedora para los ciudadanos.
Hasta ahora los neurólogos no dan muestras de interesarse por la propuesta. Siguen predicando miedos y aconsejando la vida monacal y el consumo precoz y controlado de sus fármacos, con el botox y la neuromodulación electromagnética preparada por si la cosa no se endereza.
La migrañización está ahí cobrándose nuevas víctimas cada día.
La desmigrañización también está ahí, en la pedagogía del dolor.
La migraña se aprende.
Creer para ver.
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