Patología de las creencias
Una creencia es un estado de conectividad neuronal potenciado, facilitado, consolidado, que atribuye a cada momento, lugar y circunstancia un significado, una probabilidad alta de derivar en un suceso concreto.
Las creencias contienen respuestas reflejas, automatizadas, acríticas. Activan programas perceptivos, emocionales, motores y cambios hormonales e inmunológicos.
Las creencias no habitan el universo de lo inmaterial, si es que existe tal universo. Comportan cambios químicos. Los fármacos, a su vez, comportan cambios en las creencias.
Hay creencias fisiológicas, funcionales. Permiten atribuir a la realidad una potencialidad, un devenir, razonable. El organismo anticipa las respuestas necesarias economizando recursos.
Hay creencias patológicas. Desvían la atención hacia sucesos altamente improbables, prácticamente imposibles, activando programas de alto coste y sin ningún beneficio.
El universo del dolor rebosa creencias patológicas.
No es el individuo quien las construye. El cerebro absorbe la información y selecciona entre las ofertas culturales aquella que, por razones que se nos escapan, gana la competición (darwinismo neuronal). El proceso selectivo es básicamente inconsciente y se inicia desde los primeros balbuceos vitales.
Los expertos, los líderes de opinión, protegen, teóricamente, la salud (fiabilidad) de las creencias sobre el organismo. Seleccionan lo último de la Ciencia.
La migraña, dicen los expertos, es una enfermedad cerebral genética, de origen misterioso, sin solución. Sólo cabe la vida ordenada, la identificación y evitación de los desencadenantes y la utilización de fármacos, bajo la supervisión del neurólogo.
Hay mujeres que han renunciado a tener hijos por no transmitir a sus hijos los genes migrañosos.
Hay pacientes que se vuelven tarumbas buscando desencadenantes.
La vida ordenada no aporta nada.
Los fármacos no prestan la ayuda que se proclama. No vale echar la culpa a la automedicación.
Las creencias oficiales sobre migraña sobran. No aportan mas que irracionalidad, temor, alerta, sensibilización, adicción, exteriorización de la solución, vulnerabilidad.
Las creencias ocupan lugar, poder, en los circuitos. Impiden que aniden las contrarias, las que las derriban.
La migraña no es una enfermedad. El cerebro y el organismo son razonablemente sanos. Los hábitos del individuo son también razonables. El problema está en las creencias que el cerebro ha construido dejándose influir por el contagio social, guiado por la instrucción experta.
El cerebro migrañoso contiene creencias patológicas. Son creencias que promueven estructuras fóbico-adictivas, adicciones…
Las creencias pueden modificarse. No por decreto ley del individuo consciente sino facilitando argumentadamente el conocimiento que la Ciencia provee, no una Ciencia demasiado ligada al mercado sino la que proviene del conocimiento de los procesos básicos biológicos, compartidos por todas las especies, desde la mosca de la fruta a Homo sapiens (ma non troppo).
La patología de las “no enfermedades” reside en la convicción de enfermedad. El cerebro ha seleccionado la hipótesis de una patología oscura y libera programas genéricos de enfermedad, programas que hacen sentirse enfermo al individuo. No hay más patología que la de la creencia errónea.
– Tenemos que derribar la creencia de enfermedad.
– Ayer leí que el cerebro de los pacientes con dolor crónico pierde volumen.
– Ayer leí que la fibromialgia es una polineuropatía de fibras C
Ayer leí…
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