Los genes del estres
Un equipo de investigadores del Departamento de Anestesia de la Universidad de Carolina del Norte está dedicado últimamente a analizar los factores que pudieran influir en el dolor agudo que se experimenta en una colisión y aquellos que hacen que el dolor se cronifique tras el trauma inicial.
El proyecto de investigación se denomina apropiadamente CRASH y contempla varias cuestiones:
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Variables psicológicas previas a la colisión, como catastrofización, depresión y ansiedad. Encuentran una correlación fuerte entre dichas variables y la intensidad y extensión del dolor.
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Análisis de polimorfismos (variaciones) genéticos relacionados con la biología del estrés. También encontraron correlación entre determinados tipos genéticos y la probabilidad de seguir con dolor tras la colisión. Aquellos pacientes que contenían en su genoma una de cinco variaciones del gen que codifica para la proteína FKBP5, la cual juega un papel importante en la regulación de las respuestas endocrinas al estres, expresaba una probabilidad 20% mayor de seguir con el dolor. Lo mismo sucedía si, en vez de sufrir un traumatismo físico se trataba de una violación sexual.
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Posible correlación entre dolor agudo y nivel educativo. Encontraron una correlación inversa: a más nivel menos dolor.
Conclusiones:
Parece que estar estresado facilita y cronifica el dolor postraumático. También parece que andar estresado por la vida depende (en parte) de los genes que regulan el modo de respuesta a las miserias de nuestra existencia. La Universidad templa los modos de afrontamiento.
Reflexiones de los autores:
” Realmente, si alguien llega a Urgencias tras sufrir una colisión, no podemos hacer nada para prevenir que su dolor se cronifique” ¡Manda genes!
” Si una mujer llega a Urgencias tras sufrir una agresión sexual, disponemos de medicamentos para prevenir el embarazo y las infecciones de transmisión sexual pero no el dolor crónico. Ello es así porque no tenemos ni idea de los mecanismos biológicos (moleculares) que causan la cronificación”. Los datos aportados sobre los polimorfismos genéticos de la biología del estres constituyen un avance en la buena dirección. Pueden ser en el futuro una interesante diana para “intervenciones farmacológicas”.
Parece que el dolor, en intensidad y extensión en el tiempo y el espacio, se correlaciona con los genes y las características psicológicas de las víctimas más que con los daños físicos sufridos.
Sabemos, por tanto, quiénes son más vulnerables al dolor: aquellos que por genética (y cosas de la vida, supongo) andan más estresados o viven todo con más agobio y catastrofismo, pero, según los autores, andamos todavía verdes en conocer el por qué. Nos faltan todavía muchas moléculas-pieza para completar el puzzle, es decir la solución farmacológica.
Los trabajos se publican en las revistas más prestigiosas y oficiales sobre dolor.
La Biología del dolor es algo que comienza y acaba en las moléculas. Todo lo demás son consecuencias. La esperanza está depositada en detectar las malas moléculas que sobran y las buenas que aún nos faltan pero ya llueve menos. Hemos avanzado una barbaridad. Así es la Ciencia. Sin prisa pero sin pausa.
Recordarán los lectores del blog un estudio que mostraba las bondades de la educación en dolor a las víctimas de latigazos cervicales.
Los anestesistas son gente de moléculas. Su educación académica no contempla la educación como algo que modifica sustancialmente las moléculas del interior. Sólo podemos mover la química interna con química externa. Las ideas sólo influyen en las ideas. No hay que mezclar churras con merinas.
La cosmética molecular se completará en el futuro con la cosmética genética y la de los circuitos (con neuroestimuladores eléctricos y magnéticos colocados estratégicamente en las áreas del sufrimiento, el placer, la inteligencia y la estupidez).
El gen nuestro de cada día…
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