Las apariencias del dolor
El dolor es una percepción convincente. Consigue requisar la atención del perceptor y obligarle a buscar alivio y rumiar posibles orígenes.
Como cualquier otra percepción, el dolor incita a una conducta en base a un significado.
El picor incita al rascado en base a un posible peligro cutáneo. El dolor de las «piernas inquietas» incita a abandonar la cama y moverse en base a un posible peligro de abandonarse al sueño. El dolor de las «piernas quietas» incita a estarse quieto en base a un posible peligro de moverlas.
El cerebro contiene muchos miedos ancestrales, recogidos en diversos programas defensivos, seleccionados a lo largo de la evolución. El miedo a las serpientes, las arañas, los precipicios, los estímulos sensoriales intensos sorpresivos, determinados olores y sabores…
El miedo ancestral a las temperaturas extremas, los estirones y compresiones, la falta de oxígeno en los tejidos… explica y justifica la existencia de sensores de temperaturas extremas, estirones, compresiones y ácidos en las neuronas vigilantes del peligro de daño (nociceptores). Ese miedo biológico se expresa a través del dolor.
Los programas biológicos defensivos se estrenan al asomarse a la vida con una mezcla de temor y curiosidad ante lo desconocido. El aprendizaje irá poniendo los miedos en un sano juicio o los sacará de quicio convirtiendo el día a día en un terror continuo a que todo lo terrible pueda suceder, aun cuando considerarlo sea una insensatez probabilística.
Los programas biológicos del miedo están gobernados por las áreas del conocimiento, las que van construyendo una teoría general de la realidad, de los significados y relevancias, abiertas y ocultas, en base a lo que captan los sentidos… y a lo que esas mismas áreas imaginan.
El cerebro de las relevancias puede gestionar el miedo biológico con mesura y racionalidad, activando los programas cuando el peligro está ahí y no cuando está alejado. Lo irrelevante queda configurado así como tal, en base a unas convicciones firmes.
Ese mismo cerebro puede derivar a una dinámica de miedo encendido sin ton ni son, a una alerta a todo y siempre. Cualquier estímulo se convierte en un activador, una señal de peligro. Una rama puede ser una serpiente, un champiñón una amanita phalloides…
El dolor siempre es miedo: miedo biológico al daño celular violento, consumado, inminente o imaginado.
La pretensión biológica del dolor es contagiar ese miedo al individuo y obligarle a conducirse temerosamente, cumpliendo con los rituales que vayan catalogándose como necesarios para recuperar la confianza perdida.
La Naturaleza no se fía de las apariencias pues sabe que todo bicho viviente tira del engaño para sobrevivir. Hay serpientes que simulan ser ramas y setas que parecen comestibles.
En el interior también mandan los miedos y las apariencias. Una célula puede crear problemas aun cuando aparentemente sea normal. Cualquier incertidumbre molecular puede alimentar el miedo. Cada célula contiene una voluntad de inmortalidad (cáncer) y una amenaza de toxicidad si sus complejos procesos químicos no están debidamente controlados. Cualquier alimento puede contener gérmenes y tóxicos.
Los animales sociales comparten aprendizaje y liberan señales de peligro que inducen respuestas defensivas en la manada.
Homo sapiens es un animal social y ha optado por la socialización del conocimiento como estrategia de supervivencia. Los significados que la cultura atribuye a la realidad alimentan los encendidos del miedo a esto y aquello. No hace falta la predicación del miedo a lo evidente, a aquello que resulta dañino siempre. Nadie se tira por un precipicio para llegar antes al suelo… La información socializada adquiere sentido cuando se trata de alimentar el miedo a lo desconocido, a lo posible, a todo lo que la imaginación puede organizar como amenaza y conjuro.
La cultura del dolor no ayuda a racionalizar el miedo sino a justificarlo de modo absurdo, frente a todo tipo de irrelevancias, en todo momento, lugar y circunstancia.
El cerebro de las posibles racionalidades se vuelve el pro-motor de lo descabellado. Es lo que tiene la cultura.
El dolor aflora del cerebro imaginativo realimentando los peores augurios. ¿Qué pasa? ¿Qué hago?
El cerebro de los miedos activa el cerebro de la conducta defensiva, el de la compulsión al ritual que aleja el peligro (imaginado).
– Ando fatal de la columna…
Parece que la columna esté hecha unos zorros. Es lo que tiene el dolor. Su maldita apariencia. El miedo es así. Consigue que actuemos como si fuera verdad lo temido.
– YO sólo sé que me duele.
Hay que saber algo más. Si dedicamos el cerebro de la racionalidad potencial a alimentar la irracionalidad dando por bueno lo que parece ser cierto, no hay nada que hacer.
– Eso de la Pedagogía, a MÍ no ME sirve. Necesito una solución…
Comentarios (20)
Los comentarios están cerrados.