Rafael Yuste
Rafael Yuste es un Neurobiólogo español de 49 años. Trotamundos en busca de un entorno favorable a su pasión investigadora, ha recalado finalmente en los EEUU. Su Presidente Obama ha recibido al grupo del que forma parte y que promueve un ambicioso proyecto de investigación centrado en la construcción de un mapa de la actividad cerebral. Habrá muchos dólares encima de la mesa para llevar a cabo la aventura científica, sin que nadie pueda asegurar nada a corto plazo.
Caben muchas reflexiones en torno a Rafael Yuste:
A los catorce años leyó a Cajal (Reglas y consejos sobre investigación científica) y solucionó las incertidumbres sobre el modelo a seguir: “de mayor, quiero ser como él”
Emigró en busca de buenas compañías. Primero en Cambridge con el Premio Nobel, Sydney Brenner. Los recortes de Margaret Thatcher le obligaron a cambiar de residencia: EEUU, con otro Premio Nobel, Torsten Wiesel. Allí sigue, sin recortes, soñando el futuro.
Rafael sabe lo fundamental en Ciencia: sabe que no sabemos nada, especialmente en lo que se refiere al cerebro. También sabe que para saber hay que conocer lo muy pequeño y muy breve, el registro de la vida en su más mínima expresión temporoespacial, a la vez que soñamos hipótesis generales, alejados de cuando en cuando de la seguridad de los registros pero sin contrariarlos.
Sabe que conocer algunas cosillas del mundo pequeño no permite deducir lo que sucede en el grande y también sabe que todavía desconocemos ese mundo pequeño pues nos falta la tecnología adecuada para tomar el pulso con precisión a la actividad cambiante y fugaz de las complejas redes moleculares biológicas.
Sabe que para aprender no hay como rodearse de sabios que conocen lo que uno ignora. Contactó, por ello, con investigadores de otros mundos, con nanofísicos y, al calor de la confesión de sus sueños y carencias, surgió un universo emergente de conocimiento, multidisciplinar integrado.
Desconocemos el código neural, el modo en el que las neuronas codifican y procesan sus datos. Desconocemos también la arquitectura de los circuitos elementales que extraen de esos flujos complejos de señal y ruido lo sustancial, sólo como probabilidad sometida a ensayo-error. Rafael lo sabe e investiga nuevas tecnologías que aportan la posibilidad, ya conseguida, de registrar en vivo y en directo esos chispazos primigenios neuronales.
Acercarnos a lo muy pequeño nos protege de las falacias. Contemplar la complejidad de las moléculas nos impide dar por buenas teorías y doctrinas simplonas que suponen una burla a los procesos biológicos.
Soñar hipótesis generales nos despierta del delirio de creer que ya hemos descifrado los orígenes de algunos padecimientos porque hemos detectado un aumento o una reducción de la molécula de turno.
Se ha atemperado el delirio genómico. No sólo genes. Hay varios más allá y más acullá que comenzamos a explorar. Europa apoya un proyecto para descifrar la conectividad neuronal. EEUU esponsoriza en la misma línea.
¿Beneficios?
Conocer ya es rentable aunque no sepamos cuándo ni dónde. Prometen lo de siempre: avances en el tratamiento del Alzheimer, el Parkinson y, esta vez, la epilepsia.
No hay duda de que todos estos avances acabarán suponiendo una mejora en las posibilidades de controlar diversas enfermedades… pero ¿qué hacemos con un cerebro sano que decide mal? ¿Qué hacemos con los malditos síndromes de sensibilización central?
Echo en falta el trasvase de lo que vamos sabiendo desde la Neurociencia al día a día del sufrimiento de quienes padecen las consecuencias de un aprendizaje cerebral dominado por la interacción de una Biología y una cultura alarmistas.
Sabemos que los programas de formación en dolor en Universidades y Masters de postgrado contienen errores de bulto sobre el trabajo y la responsabilidad de las neuronas.
Tengo la sensación de que esas valiosas aportaciones de la Neurociencia alimentan expectativas reales esperanzadoras en algunos terrenos pero mantienen el discurso delirante en otros, en concreto en el de la Patología de las decisiones de la red neuronal.
¿Qué aporta la Neurociencia al problema de la gestión cerebral errónea de sus recursos?
Cuando leo a estos grandes investigadores me quedo con esa sensación ambivalente de asombro y frustración.
Me temo que el dolor crónico seguirá donde está, a pesar de las nuevas tecnologías…
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