El miedo a la novedad
Mi cerebro, mi páncreas, mis pulmones…
YO. En realidad, el Yo de mi cerebro. Es lo que se proyecta a la conciencia y me hace navegar física o mentalmente por el mundo.
El cerebro tiene una realidad física. Está alojado en el cráneo. Corremos el peligro de imaginarlo como una persona interior, una especie de negativo, que atiende a nuestras necesidades, graba y ordena los recuerdos para que sean evocados según sean necesitados.
Realmente el cerebro es una red conectada. No hay “un cerebro” sino infinitos estados de conexión que se activan y desactivan en múltiples combinaciones, según momentos, lugares, circunstancias y propósitos. Cada respuesta a cada situación es un cerebro, el de esa situación.
El cerebro no es estático, firme, inmutable. Está abierto a las novedades, a las rectificaciones. Dicen que es “plástico”, moldeable. Lo que, a veces, no son plásticas son las ideas. Se vuelven dogmas, pilares sólidos, indestructibles.
El conectoma, el conjunto de puntos de conexión de la red, se mueve entre dos pulsiones: la de la novedad, la exploratoria, y la de la estabilidad. Necesitamos un mínimo de estabilidad en la concepción del mundo y de nosotros mismos. Hay una dinámica conservadora y la contraria: la que cuestiona o, al menos, permite la duda, si no metódica, sí razonable.
El cerebro aborrece la incertidumbre y prefiere lo malo conocido que lo bueno por conocer, el pájaro (o pajarraco) en mano que los ciento volando, el ¡Virgencita, que me quede como estoy!
Con los años la inestabilidad de la red va dando paso a un segmento de creencias consolidadas (sean estas correctas o erróneas) y el espacio de la apertura a lo novedoso, al reconocimiento del error propio y acierto ajeno, tiende a encogerse. Cada vez vemos mejor la paja en el ojo ajeno y dejamos de ver la viga en el propio.
Esta querencia neuronal a lo conocido aun cuando haya sido malo puede ser un obstáculo a la hora de afrontar el problema del dolor desde la Pedagogía. La inercia al cambio contiene el miedo a lo que desconocemos. Un calmante nos alivia un 30% y eso es lo que damos por seguro. Un posible alivio definitivo a través del cambio de chip resulta interesante y deseable pero no tenemos certezas y ante la menor duda deshojamos la margarita haciendo trampas para que gane la decisión de optar por ese conocido 30%.
El miedo es un estado emocional poderoso que acostumbra a entrometerse en la toma de decisión.
– Voy a tomar pronto el calmante pues me da miedo que si no lo hago, luego ya no va a haber modo de controlar el dolor.
Los padecientes cronificados en el dolor han probado todas las novedades, las alternativas: fármacos, agujas, productos homeopáticos, dietas y relajos. Llega un momento que dicen ¡basta! y aceptan la condición de sufridores por mandato del destino genético.
La propuesta pedagógica no es una propuesta alternativa más. Contiene un cambio radical de paradigmas, de ideas gruesas, básicas, sobre el significado del dolor. Propone derriba para construir, despejar el escenario de la conectividad para que aparezcan nuevas asambleas, nuevos círculos de interpretación de la realidad.
Hay padecientes que desconfían de la propuesta argumentando que ya son muchos años de dolor y que no habrá modo de disolver esa dureza interna, la costra del tiempo y la costumbre. Piensan que el dolor ha hecho caminos profundos que obligan a las ruedas a seguir su trazado.
No es así. No comparto la teoría de la “enfermedad del dolor”. No es cierto que el dolor deje sus huellas en la red. Lo que deja huellas es una conectividad concreta que contiene las convicciones de la alerta desde una supuesta enfermedad.
Si cambiamos los significados cambiará la conectividad y el estado cerebral. Como consecuencia y no como causa, el dolor cederá.
Los padecientes de los grupos de Pedagogía han sufrido muchos años de migraña. No hay una correlación entre años de dolor y resistencia al cambio.
No es un problema de huellas imborrables sino de consolidación de errores, de miedo a cambiar, a perder lo poco que queda…
Este sábado hemos dado el primer curso intensivo de Biología del dolor en la Clínica Asier Merino. Hemos tenido tres bajas por las inclemencias meteorológicas. Ha sido una experiencia gratificante, como acostumbra.
– No sé. Son ya muchos años de sufrir…
El miedo a lo desconocido está detrás de ese recelo.
Los adolescentes maduran desde la dinámica del recelo a lo conocido, a lo que los adultos proponen como guía. Es una resistencia común y supone un problema.
El dolor es una decisión cerebral… Los miedos, los recelos, las dinámicas cerebrales pueden hacernos daño, facilitar el derribo cuando habría que conservarlo o defender un refugio que debiera derruirse.
A veces por juventud y otras por madurez ponemos inconscientemente trabas al cambio…
El miedo a la novedad… otro miedo más.
¡Qué miedo, tanto miedo!
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