Grupos de dolor lumbar. Memorias del dolor: la carpeta roja de la relevancia.
Cristina Arenaz

En más de una ocasión hemos utilizado la metáfora del ordenador para comparar el funcionamiento del cerebro con el de una gran computadora que procesa la información y almacena en su disco duro montones de archivos con todo el aprendizaje y la experiencia que hemos acumulado a lo largo de los años. Para decidir si activa o no una respuesta de enfermedad, como el dolor, el cerebro utiliza toda la información disponible, la de los sentidos y la almacenada en las carpetas o archivos de memoria y hace predicciones sobre probabilidades de daño necrótico.
Como resultado de ese procesamiento de la información, a veces estará justificado un síntoma, como sentir dolor si nos hemos pinchado o quemado, pero si percibimos dolor u otros síntomas en ausencia de daño relevante, debemos saber que el cerebro está activando respuestas de enfermedad sin ningún tipo de justificación biológica, sólo porque atribuye relevancia a situaciones o agentes inofensivos e imagina peligro de daño cuando en realidad el organismo no está siendo atacado ni amenazado.
En base a esta sencilla idea, podemos imaginar fácilmente los contenidos de nuestra memoria como un directorio del disco duro con datos almacenados en carpetas que contienen todos nuestros recuerdos del pasado y del presente y todos los aprendizajes adquiridos a lo largo de nuestra vida, y todo ello bien organizado en función de la atribución de relevancia, de modo que los recuerdos y aprendizajes más relevantes están más accesibles y los más irrelevantes quedan un poquito más a desmano, aunque también se puede hacer uso de ellos cuando se necesitan.

Dentro del directorio de datos relativos a la MEMORIA, en el tema que nos ocupa (dolor sin daño relevante) destacaríamos una carpeta, la que contiene los recuerdos o las memorias del dolor, y dentro de ella, como en el resto de carpetas, tendríamos organizada la información en función de si el cerebro la considera relevante o irrelevante.

En la subcarpeta denominada RELEVANCIA, que podemos visualizar en color rojo por ser éste el color que identifica al peligro o la precaución, es donde se almacenan todos los recuerdos de acciones catalogadas como “amenazantes” o peligrosas para la integridad de la columna, bien porque por experiencia propia tenemos un recuerdo previo de consecuencias nefastas tras acometer una acción, bien porque hemos observado en otras personas esas consecuencias nefastas, o porque se nos ha quedado grabada una recomendación de expertos (médicos, traumatólogos, fisioterapeutas…), familiares, amigos, o vecinos, o bien porque lo hemos leído o visto en Internet, en el periódico, en la tele, etc.
Debemos ser muy conscientes de que en esa carpeta roja, la de la RELEVANCIA, encontraremos acciones que realmente implican un riesgo para la integridad física de nuestro organismo, como por ejemplo saltar desde el balcón del hotel a la piscina (aunque esto algunas personas lo tienen catalogado “equivocadamente” en la carpeta de la IRRELEVANCIA), o como puede ser en mi caso, “bajar cuestas patinando si el final de la cuesta desemboca en la carretera y están pasando coches”, pero también nos encontramos en esa carpeta acciones “cotidianas” que no implican ninguna amenaza de daño para nuestra columna, del estilo a pasar la fregona, agacharse sin doblar las piernas, flexionar el tronco hacia delante, jugar al golf, etc.
¿Por qué están catalogadas las acciones cotidianas en la carpeta de la relevancia (acciones peligrosas)?
Y es que durante años nos han dicho que debemos “cuidar” nuestra columna (por los “hallazgos” en las pruebas médicas) y evitar todas aquellas acciones que impliquen la flexión del tronco, cargas de peso, posturas estáticas, etc. Por tanto, no es de extrañar que acciones cotidianas y del todo punto inofensivas como hacer la cama, pasar la fregona, la escoba o el aspirador, meter la ropa en la lavadora, trabajar con el ordenador, ponerse el bikini para ir a la playa, atarse los cordones de los zapatos, levantarse de la cama, llevar tacones, cruzar las piernas cuando estamos sentados, faenar en el jardín, jugar al golf, caminar durante más de una hora, y un larguísimo etcétera, estén catalogadas por el cerebro como “amenazantes” para la integridad de la columna (y archivadas “erróneamente” en la carpeta roja) y sean penalizadas (con dolor, rigidez, tensión muscular…) cada vez que las ejecutamos o tenemos la intención de hacerlo.
Pero lo cierto es que estas acciones no son perjudiciales ni dañan la columna (dolor no es igual a daño), como nos han hecho creer y como nos parece a nosotros por las consecuencias que percibimos al ejecutarlas, sino que son acciones de la vida cotidiana que no implican un riesgo de daño necrótico para los tejidos, por lo que no deberían estar catalogadas como peligrosas y no deberían doler (aunque por lo general duelen).
¿Cómo descatalogamos la acción como peligrosa y conseguimos la autorización cerebral para ejecutarla en modo “confiado”?
La idea es sencilla, hay que conseguir que esas acciones cotidianas e inofensivas pasen de la carpeta roja (RELEVANCIA) a la carpeta amarilla (IRRELEVANCIA).
Es el cerebro el que tiene la capacidad de transferir los datos de una carpeta a la otra, pero nosotros, por supuesto, podemos intervenir en el proceso ayudando al cerebro a “descatalogar” los peligros erróneos actualizando nuestro conocimiento en neurobiología del dolor, y cambiando las creencias erróneas y las conductas de afrontamiento ante el dolor. Para ello, es estrictamente necesario:
1.- Saber lo que está ocurriendo en realidad. Hay una valoración cerebral errónea de columna frágil y vulnerable y, como consecuencia, un estado de sensibilización o alerta cerebral que consigue que lo que percibimos la mayor parte de las ocasiones no se corresponda con la realidad del estado de nuestros tejidos.
El cerebro cataloga la acción como amenazante para la integridad de la columna, enciende las alarmas: ¡cuidado, peligro de daño a la vista!, sensibiliza la zona amenazada, suprime el filtro de las acciones irrelevantes (la función de copia eferente) y los programas motores que pone en marcha para ejecutarla no son programas motores “funcionales”, sino sobreprotectores de la zona en cuestión, y por todo ello estas acciones no suelen ser indoloras y sufrimos penalizaciones después o en el mismo momento de su ejecución.
2.- Recuperar la autoestima de organismo y cambiar la imagen distorsionada del esquema corporal, afianzando la idea de que la columna (y en general todo el aparato locomotor) no es una estructura débil, fácilmente desgastable, inflamable y rompible, sino que es robusta y perfectamente válida para las acciones cotidianas tanto en el presente como en el futuro. Puede que nuestra columna tenga viejas heridas de guerra (protrusiones, hernias, artrosis…), pero hay que tener claro que el paso del tiempo deja este tipo de señales en los tejidos, al igual que nos van apareciendo arrugas en la piel. Y también hay que tener claro que el organismo tiene una gran capacidad de regeneración y reparación, y que curan de igual modo las heridas externas que las lesiones internas. Si las arrugas no implican una reducción en la movilidad de la piel, el desgaste, la pérdida de masa hídrica, las protrusiones discales, los estrechamientos del canal raquídeo y demás, no han de implicar necesariamente una limitación en los movimientos y acciones cotidianas.
3.- Protegerse de la mala prensa sobre organismo eliminando falsas creencias en torno al aparato musculoesquelético (hernias, contracturas, desgaste, pinzamientos, etc.), a su cuidado, a las posturas consideradas como oficialmente “correctas”, etc. Hay que ser conscientes de que la cultura nos transmite montones de falsas creencias y tópicos erróneos que se instauran en nuestra memoria como si de verdades incuestionables se tratara. Si tenemos almacenada mucha información alarmista o catastrofista sobre la columna y sobre las consecuencias de nuestras acciones, es más probable que el cerebro se equivoque en sus atribuciones de relevancia y en sus predicciones e imponga penalizaciones injustificadas.
4.- Y con todo este trabajo previo hecho, sólo nos queda perder el miedo al movimiento y a las acciones cotidianas, desde el total convencimiento de que no nos dañamos y con la máxima de que “el movimiento es el mejor linimento”. Esto supone un cambio radical en el afrontamiento, ya que hay que dejar de evitar todas aquellas acciones, contextos y situaciones que tendemos a evitar por miedo al dolor y a las consecuencias o penalizaciones. Proyectando la absoluta convicción de columna relativamente sana y apta para la vida cotidiana es como se consigue la autorización cerebral para movernos sin restricciones ni penalizaciones, y poder empezar a sentarnos como más cómodos nos sintamos, y por supuesto, cruzando las piernas si nos apetece, liberarnos de plantillas ortopédicas y zapatos balancín, dejar de hacer la cama de rodillas, dejar de hacer las tareas domésticas con una faja lumbar, salir a bailar salsa, a jugar al golf… en suma, a vivir que son dos días, ;-)
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