El reto del abordaje del dolor sin daño con las mujeres
Mar Tascón. Psicóloga Clínica Servicio Andaluz de salud
Analizar la cuestión del dolor sin daño en mujeres pasa por plantearse el papel de la cultura en la conformación del hecho mismo de ser mujer. En general a la mujer se le atribuyen características como la vulnerabilidad, la fragilidad y la necesidad de protección externa. Se considera que es “el sexo débil”. Se le libera de algunos trabajos considerados como “pesados”. La cultura patriarcal dominante favorece que las mujeres tengan una imagen de sí mismas como seres frágiles.
Por otra parte, en la cultura sanitaria hay un especial encarnizamiento preventivo y terapéutico asociado a cada etapa de la vida femenina.
En este contexto no es de extrañar que los miedos del organismo encuentren una vía fácil para contagiar a la “individua”. El dolor sin daño campa a sus anchas en el género femenino.
Curiosamente esa misma cultura que favorece la aparición de los síntomas, culpabiliza y deslegitima el sufrimiento de las padecientes. Se han visto obligadas, por ello, a asociarse para defenderse y han creado grupos de ayuda mutua que aportan apoyo social y comprensión pero buscan soluciones por la vía equivocada: piden que su dolor se reconozca como enfermedad y esperan que la Medicina encuentre un tratamiento que la cure.
A veces el dolor cumple también una función digamos positiva, en la vida diaria de las mujeres: reorganiza las tareas del hogar de una manera más justa y legitima a las mujeres para cuidarse a sí mismas en lugar de cuidar a otros. Desde luego, no compensa pero no podemos obviar que la situación social de las mujeres sigue sin estar equiparada a la de los hombres y, por desgracia, la enfermedad (sea la que sea) a veces consigue poner algo de justicia: poca, a corto plazo y, eso sí, con un altísimo precio que pagar.
Cuando los profesionales intentamos movilizar a la persona para que modifique su interpretación acerca del dolor y sus estrategias de afrontamiento del mismo, no debemos olvidar que le estamos pidiendo que desmonte una pirámide que no han construido solas y, además, que pierdan aquello que la enfermedad sí les otorga. Todo ello sin garantizarles que dejarán de sufrir.
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