El inicio de la migraña

Dicen los expertos que la migraña es una enfermedad cerebral genética.
Cuando un ciudadano inicia su andadura migrañosa da por buena la tesis si tiene familiares migrañosos.
– En mi caso creo que son los genes. Mi abuela y mi madre son migrañosas.
Si no hay familiares con migraña, la conclusión es la contraria.
– No creo que sea cosa de genes.
Lo mismo sucede con la importancia de los desencadenantes. Si tras comer chocolate, viene la factura de la crisis, el chocolate tiene algo que ver; si es el viento Sur, el estrés, el dormir poco o mucho, el ayuno… lo que precede al dolor se da por buena la teoría.
Las hormonas (femeninas) algo tendrán que ver si la migraña aparece alrededor de los ciclos menstruales, desaparece con el embarazo o se despide con la menopausia.
Muchas veces, no hay herencia, desencadenantes ni hormonas. Las crisis vienen y van a su aire.
En San Martín defendemos el origen cultural, aprendido.
A los que tienen antecedentes familiares puede resultarles fácil aceptar que imitamos modelos familiares. Cambian genes por imitación.
La cosa se complica cuando no hay familiares y el comienzo es en la infancia.
– Nadie me había hablado de migrañas ni había migrañosos en la familia… luego YO no he podido aprender a tener dolor de cabeza. No sé si me convence…
Es una objeción frecuente. El instinto de dar con una causa clara, tangible en el tiempo y en el espacio, exige que el individuo haya sido consciente de los hechos.
Sin embargo las razones, deliberaciones, procesamiento de datos, del organismo se nos ocultan. Sólo conocemos las resoluciones. Cuando recibimos la notificación en forma de síntomas, comenzamos con las pesquisas y preguntas.
– ¿Por qué empecé a tener dolores de cabeza a los 8 años? ¿Por qué no antes o después?
La respuesta más honesta es: “no sé”.
Cuando duele es como resultado de una evaluación de amenaza por parte del cerebro.
– Si el dolor afloró a esa edad podemos decir que a esa edad es cuando la valoración de amenaza en la cabeza alcanzó el nivel de probabilidad suficiente.
Los detalles del proceso no los podemos conocer. Desde que uno nace, hay un ir y venir de datos, experiencias propias y observación de ajenas y más instrucción inconsciente de la que pensamos. El que no seamos conscientes ni participemos activamente en el aprendizaje no quiere decir que no se esté generando dicho aprendizaje.
Sucede lo mismo con el aprendizaje del Sistema Inmune.
-¿Por qué empecé a tener alergia al polen a los quince años?
– Yo que sé.
Hay más preguntas de ese tipo que no tienen respuesta.
Con las preguntas sin respuesta lo sensato es matarlas, librarse de ellas o dejarlas vivas para mantener la curiosidad por adquirir más conocimiento.
Hay algo peor que no encontrar respuestas a las preguntas sin respuesta: creer que uno ha dado con la respuesta perfecta.
La respuesta perfecta puede ser errónea cuando uno da por buenos los genes (caso de tener familiares afectados), los desencadenantes o las hormonas.
La respuesta perfecta puede ser también errónea por negación de lo que es razonablemente evidente:
– No estoy de acuerdo en que no se puede saber. Tiene que ser por algo. Eso del aprendizaje es un cuento, un modo de renunciar a la solución…
Es bueno ser preguntón pero es peligroso si uno no acepta los límites.
En todos los grupos aparece la objección.
Si no hay genes, desencadenantes y hormonas y la migraña apareció en la tierna infancia, cuando uno aún no leía ni veía noticias sobre la migraña, surge la convicción de que todo ese discurso del aprendizaje no vale.
– No digo que a otros les afecte pero no es mi caso. YO nunca había oído…
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