Incertidumbre y profesionalidad

La incertidumbre es consustancial a la vida, en todos sus planos.
Tenemos incertidumbre de daño. No tenemos la garantía de salud, integridad física y funcional ni estima social.
Incertidumbre de bienestar. Aun teniendo una certeza razonable de integridad física y aceptación social podemos sufrir la incertidumbre del dolor.
Cada individuo torea la incertidumbre como puede. Le presta mayor o menor atención, exige más o menos certezas, más o menos pruebas.
Plantearse incertidumbres es normal, incluso necesario. Gestionar con medida razonable esa pulsión biológica a la duda no es fácil. Es fácil caer en la desmesura, en el exceso y sufrir el tambaleo constante entre querer estar tranquilo y no poder.
En la incertidumbre oscilamos entre el “seguro que no pasa nada” y el ¿“y si pasa”?
En la incertidumbre descontrolada el cerebro trabaja sesgado: la atención está sesgada hacia el resultado temido; la interpretación está sesgada hacia la negrura y la memoria también está sesgada hacia la rememoración terrible y la creación imaginativa de resultados temidos.
La incertidumbre no sólo afecta al padeciente. El profesional también puede y debe padecerla.
La incertidumbre se combate con la racionalidad y con el contacto normalizado con lo cotidiano.
A veces la incertidumbre busca aparente quietud en el sesgo negativo, en la confirmación de una etiqueta diagnóstica: fibromialgia, migraña, “la columna hecha un asco”… El sesgo negativo tienta tanto al padeciente como al profesional. Es más tolerable la condena a la certeza de un mal que la propia incertidumbre.
El profesional busca paz en los protocolos, en las evidencias, en los grandes autores… en las modas, en los consumos de éxito, en las titulaciones…
La incertidumbre alimenta un peligroso universo de ofertas y demandas, tanto diagnósticas como terapéuticas.
La obligación del profesional es combatir la incertidumbre de sus padecientes pero debe hacerlo sin sesgos diagnósticos o terapéuticos dirigidos a calmar su propia inseguridad.
La gestión de la incertidumbre no es fácil, ni para el padeciente ni para el profesional. Conseguir tolerar las dudas en una banda razonable es complicado. La tentación de neutralizar la ansiedad con sesgos diagnósticos y el recurso a todas las terapias es poderosa.
Al final el profesional ha hecho todo lo que ha podido y el padeciente ha obedecido todas las sugerencias, no siempre con buen resultado.
– Sólo tengo una certeza. Nunca tendré la certeza…
O…
– Al fin han dado con lo que tenía. Al menos sé lo que tengo, aun cuando no tenga remedio
Esta noche he sufrido la incertidumbre del resultado del parto de mi hija Maite. Al final, todo ha ido bien. Una preciosa niña de 3,500 Kg.
11S…
¿La Diada? ¿Las torres gemelas?
Nada de eso. Mi nueva nieta. La dulce incertidumbre… Ariane El futuro incierto de dos fisioterapeutas (Asier y Maite).
Comentarios (20)
Los comentarios están cerrados.