Paralímpicos

Por primera vez estoy viendo los Juegos Paralímpicos. Impresiona y emociona. Ciegos jugando al fútbol con un balón con cascabeles, nadadores de dos o tres extremidades, ciclistas de un sólo pedal, baloncesto y tenis en silla de ruedas, discapacitados cerebrales…
La actitud y los resultados son encomiables. El hándicap físico es un motor para la superación, el esfuerzo. Surge, inevitablemente, la comparación y ésta no debe ser odiosa sino ejemplarizante. Muchos ciudadanos están razonablemente sanos y capacitados para desarrollar una actividad normal. No hay nada en su aparato musculoesquelético que impida el ejercicio, el deporte, salvo el dolor y la convicción (errónea) de minusvalía, de enfermedad.
Estamos ante la paradoja de ciudadanos capaces incapacitados por un cerebro alarmista represor versus discapacitados capaces por un cerebro animoso, pro-motor.
Ignoro cuál es la proporción de amputados con dolor de miembro fantasma. Puede que el deporte les proteja. No parece, tampoco, que el sobre-esfuerzo derivado de la ausencia de una o dos extremidades resulte doloroso. No hay mejor analgesia que la actividad, en ausencia de daño relevante.
El dolor contiene en su entraña el miedo al daño, a veces motivado y otras, las más, injustificado. El dolor convence, obliga… y confunde cuando no tiene fundamento. Hace recapacitar obsesivamente, de modo catastrofista. Agota, desanima y desespera.
A los deportistas paralímpicos se les ve felices. La sonrisa en la entrega de medallas es especialmente luminosa. Tiene el valor añadido de la superación del hándicap.
No me vienen las palabras adecuadas. Mejor, vea los Juegos. Pase envidia sana y, si es un dolorido crónico, aprenda. Quite el miedo.
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