Sectas.

Hay un ser o estar políticamente correcto, consonante con el ser y estar mayoritario. Las especies con mandato social evolutivo como Homo sapiens (ma non troppo) están abocadas a discurrir por el embudo que la cultura dispone.
Los sapiens (m.n.t.) vivimos con la ficción de domesticarlo todo a nuestra conveniencia sin caer en cuenta de que somos los primeros domesticados por nuestras prédicas y prácticas.
La consonancia con el pensar y actuar mayoritario genera el sentimiento de discurrir por los caminos debidos… al menos si las cosas parecen pintar aceptablemente.
Si algo se tuerce y las teorías y prácticas ortodoxas no aciertan a enderezarlo el decoro oficial exige la aceptación abnegada de la condición sufriente, consustancial a la naturaleza humana o alguna rectificación del modo de ser y existir del padeciente.
La ortodoxia siempre tiene una heterodoxia acoplada. Son inevitables las fórmulas alternativas, disidentes. Critican la normativa oficial y ofrecen soluciones variadas cuyo común es el caminar en dirección distinta o incluso contraria, opuesta a la mayoritaria.
Quienes estamos en esto de la Neuropedagogía somos críticos con la ortodoxia hasta el extremo de decir y proponer lo contrario de lo que los cánones oficiales establecen como buen proceder. Si fuera cuestión religiosa seríamos herejes.
Nuestras alumnas de los cursos de dolor intentan explicar su estrenada heterodoxia a sus allegados con desigual fortuna. En ocasiones se encuentran con el gesto preocupado de quien les escucha sorprendido y descolocado:
– ¿No te estarás metiendo en una secta?
Esto mismo le ha sucedido a una colega, cómplice en Neuropedagogías, en su intento de cambiar el chip ortodoxo fibromiálgico, colaborador necesario del padecimiento.
– ¿No estará intentando meterme en una secta?
Algo falla en la ortodoxia del dolor cuando la difusión honesta y bienintencionada de lo que se va sabiendo sobre neuronas y dolor provoca tan disparatado e injusto recelo.
Estamos en el año de la Neurociencia. Se multiplican las Jornadas, Congresos, charlas y debates sobre el cerebro y casi todo pero no asoma ni palabra sobre la Neurociencia del dolor.
La exaltación del cerebro es una marca de los tiempos que corren. Parece que ya estamos en un tris de cogerle la medida, una vez que ya se la hemos cogido al genoma, “el libro de la vida”.
La propuesta de la Neuropedagogía del dolor es sectaria, disidente y perturbadora para los ortodoxos. Como mucho contamos con el silencio contenido del pensamiento validado por la Oficialidad.
El término “secta” admite muchas interpretaciones. Si nos ceñimos a las versiones ajenas al terreno religioso simplemente hace referencia a la afiliación de un grupo minoritario a un conjunto de convicciones que disienten de las mayoritarias.
La cuestión está en lo que se defiende como cierto, incierto o falso, desde el argumentario de cada cual. La falacia _ad verecundiam (_el argumento de autoridad de lo mayoritario o de la relevancia social de quien defiende algo) descalifica lo oficial si lo que la Neurociencia disidente, sectaria y heterodoxa sostiene es negado por la falacia del argumento ad hominem: la insignificancia numérica o de la nula relevancia social de quien la defiende.
La cultura somática a la carta selecciona sectas ad hoc por conveniencia. Se pasa de la secta de los fármacos a la de las agujas, los productos homeopáticos, las dietas, transcendencias, según aparente la eficacia.
– Creo mucho más en la Homeopatía. A mí me funciona…
El abanico de credos validados en sociedad es extenso. No perturban las relaciones más o menos duraderas con cualquiera de las terapias del mercadillo de los remedios. Pueden funcionar.
Otra cosa es pretender cambiar el dolor yendo a unas clases. Eso es harina de un costal esotérico y peligroso. Control y apropiación de la mente.
– ¿Somos una secta, dice? y ¿quién no?
Comentarios (17)
Los comentarios están cerrados.