¡Malditos nociceptores!

Un nociceptor es una neurona especializada en detectar nocividad: 1) consumada, con resultado de destrucción violenta de tejido (necrosis), o 2) inminente: si no se hace algo que modifique la situación habrá muerte violenta.
Los nociceptores no generan señal si no hay estados o agentes nocivos: temperaturas extremas, estirones, compresiones, ácidos, falta de oxígeno o daño agudo consumado. Las acciones cotidianas generan un flujo de señal de nociceptores variable. Siempre hay compresiones, estirones y condiciones químicas que acercan los tejidos al límite de lo peligroso. Habitualmente las señales cotidianas de peligro de nocividad son filtradas por mecanismos de control y podemos andar, estar sentados, correr, saltar, bailar… sin sentir dolor. El cerebro tolera una actividad potencialmente peligrosa permitiendo al individuo una vida normal.
A través del aprendizaje y el endurecimiento conseguimos movernos en una banda de permisividad que nos libra de daños y dolores y nos permite libertad de acción, tolerancia. Los nociceptores avisan, informan del peligro potencial y el cerebro gestiona ese peligro de un modo razonable, sin anular al individuo.
Hay veces que las previsiones fallan y sufrimos incidentes de daño. Los nociceptores detectan los destrozos y emiten trenes densos de señal. Daño consumado: quemadura, infección, desgarro, contusión, infarto, inflamación… El cerebro toma nota y retira la permisividad vallando la zona y convirtiendo en dolor cualquier mínimo estímulo. Una vez reparada la lesión se vuelve progresivamente a la tolerancia deseable. Los tejidos necesitan actividad para remodelarse.
Esto es lo que debiera suceder. No siempre es así. El cerebro tiene recursos para la tolerancia (gestionar el peligro sin anular al individuo) o para la intolerancia: ver peligro más allá de la sensatez (gestionarlo desde el miedo irracional). El aprendizaje (experiencia propia y ajena, instrucción, azar) genera cerebros tolerantes, razonables, promotores de la actividad, del juego o sus contrarios: cerebros intolerantes, miedosos, restrictivos, de banda estrecha.
El peligro no es un agente físico, químico o biológico. Es una valoración referida a dichos agentes. No es algo que está sucediendo sino algo que pudiera suceder. El cerebro no detecta la nocividad consumada o inminente. Lo suyo es el peligro, la probabilidad, la hipótesis.
Cuando el cerebro está asustado, alerta… aparece dolor sin que necesariamente estemos haciendo algo que produzca señal de nocividad. Los estudiosos describen esta situación como estado de sensibilización central.
¿Qué le pasa al cerebro que anda tan sensible, tan intolerante? ¿Por qué tiene anulado al individuo con el dolor, la desgana?
– Son los nociceptores. Están sensibilizados. Confunden al cerebro. Han creado una vía falsa que engaña al cerebro. Durante aquél episodio agudo de daño dejaron un camino facilitado erróneo que convierte en señal de daño cualquier estímulo inofensivo.
El cerebro se limita a convertir en dolor las señales de peligro, sean correctas o erróneas. Si hay nociceptores sensibilizados o cortocircuitos en los centros de procesamiento el cerebro no puede hacer nada. Está vendido.
Una migraña aparece cuando los nociceptores del trigémino entran misteriosamente en excitación largando trenes de falsa señal de intensidad creciente hasta descargar en toda su brutalidad la tormenta de la crisis.
– ¿Y eso?
– Los genes. Bueno, también los desencadenantes
Una fibromialgia es un estado fijo de sensibilización generalizada. Todo genera señal de peligro.
– ¿Y eso? No se sabe. Los genes parece que algo pintan. El medio ambiente. Traumas infantiles, la alimentación. El sistema psiconeuroinmunoendocrinológico…
Parece que el nociceptor sea una neurona abocada a perpetuarse en el error, en el encendido crónico. No puede apagarse cuando ya está resuelto el episodio agudo. No restaña sus heridas, el susto. Es una neurona condenada al estrés postraumático, al luto de por vida.
Con esos nociceptores el cerebro está condenado a hacerse una película terrorífica de la realidad. Ya no puede restaurar la permisividad con la que está cayendo en los tejidos. Aviva el fuego en vez de apagarlo. En realidad ni siquiera hay fuego, sólo apariencia, miedo.
No acabamos de salir del periferalismo. Antes echábamos la culpa a los tejidos. Ahora imputamos a los nociceptores. El cerebro sigue de rositas. Se limita a procesar sin sentio crítico lo que unos nociceptores averiados, engatillados, siguen contando.
Definitivamente, el cerebro es tonto, un inútil, un cándido.
¡Malditos nociceptores!
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