¡Pobres músculos!

Hay un modo de localizar el origen, la causa del dolor: aplicamos estímulos y allí donde duela es donde se genera. Elemental.
De este modo de proceder ha surgido la convicción de que lo que duelen son los músculos. Al fin y al cabo son los que trabajan y cargan con las consecuencias de la penosidad física y los estreses. Las crisis de migraña surgen de algún músculo facial, craneal o cervical, contracturado. El dolor generalizado de la fibromialgia se cuece también en una musculatura con problemas metabólicos, inflamada, con las pilas bajas. Masajes, estiramientos, ejercicio, punciones secas, manipulaciones, acupuntura… ¿Y el cerebro? El cerebro no duele. Se limita a sufrir con las señales de dolor que llegan de los tejidos (básicamente músculos). Procesa las quejas, las interpreta con una dosis variable de catastrofismo. Ya dicen que el dolor surge del cerebro pero es un decir. A la hora de la verdad ya se sabe que hay que ir al músculo a buscar causas y aplicar remedios. Hay un modo de comprobar si la hipótesis muscular es correcta. Actuamos sobre los músculos y si aliviamos el dolor es que andábamos en lo cierto. Funciona. Tenemos evidencia. Realmente el músculo no duele. Se limita a llevar una vida más o menos perra y a quejarse con más o menos sensiblería. Lo hace en lenguaje químico. Por allí andan neuronas (nociceptores) que recogen las quejas y las transmiten al cerebro. Si al cerebro le parecen justificadas esas quejas las transmite a su vez al individuo, convertidas, por primera vez, en eso que llamamos dolor. Cuando el músculo se queja podemos resolver la cuestión humillándolo, aplicando rejones al foco doliente hasta silenciarlo. Funciona. Evidencias. Hubo un tiempo en que se defendía la tesis de que la migraña era cosa de vasos “inflamados”. Luego se pasó el muerto al trigémino, a las meninges… Ahora la pelota está en el tejado de los músculos faciocraneocervicales. ¿Y el cerebro? Ya dicen que el dolor… Es un decir. Nada más.
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