Alerta y copia eferente

Nuestras acciones generan estímulos: visuales, auditivos, tactiles, propioceptivos, cinéticos. Al movernos el mundo se desplaza por la retina (flujo óptico), oímos el ruido de la calle, los músculos se estiran, el peso del cuerpo impacta sobre los pies. Las neuronas generan flujos continuos de señal que llegan hasta el cerebro. Pero… apenas notamos nada. Podemos ir conversando sin que el cuerpo nos perturbe con sus ruidos sensoriales.
El cerebro conoce sobradamente los efectos sensoriales de las acciones que decide. Están registrados en los circuitos los estímulos que generará cada decisión conductual. En eso consiste el aprendizaje: conocer anticipadamente las consecuencias de lo que hacemos.
Si movemos los ojos a la derecha el mundo se mueve por la retina hacia la izquierda. El cerebro lo sabe y como esa circunstancia no haría mas que perturbar la visión de los objetos de interés situados a la derecha, se anula la percepción del mundo moviéndose a la izquierda.
La retina informaría: “el mundo gira a la izquierda”
El cerebro no haría caso. Sabe que ha habido una orden de giro de los ojos a la derecha. El comentario retiniano es coherente con lo decidido por el cerebro. Si los ojos se mueven a la derecha es lógico que la retina informe que el mundo se ha movido a la izquierda. La retina se equivoca. Ni caso.
El movimiento ocular decidido por el cerebro no genera percepción de movimiento.
No siempre la cosa está tan clara.
Su tren acaba de estacionarse junto a otro tren también estacionado, inmóvil, justo al costado de la ventanilla. Parece que su tren se mueve… o ¿es el otro? Uno no conduce su tren. Es un sujeto pasivo. No dispone del conocimiento anticipado de las consecuencias de lo decidido. La ilusión de movimiento propio puede instalarse. Se mueve el otro tren pero percibo que es el mío.
La agencia, el sentido de saber que lo que sucede está decidido desde el organismo, modifica sustancialmente la percepción somática.
Un estímulo nocivo genera menos dolor si se lo aplica uno mismo que si lo aplica otra persona. Ser agente es analgésico.
El filtro que el cerebro aplica a las acciones decididas por él mismo es posible gracias a la copia (copia eferente) que el cerebro decidiente envía al cerebro sintiente.
– Voy a levantar al individuo. Te llegarán los estímulos que tú bien conoces. No hagas caso. No pasa nada.
Cuando hay incertidumbre los filtros se vuelven amplificadores:
– Se va a levantar. Peligro. Estate atento.
La acción, aun cuando sea inofensiva, resultará dolorosa.
– Me duele
– Lo temía. No tenía que haberse levantado… con esa columna…
Sucede, a veces, al levantarse de la cama.
¿Se mueve uno o se mueve el mundo en dirección contraria?
La alerta puede imponer, ante la incertidumbre, la opción más peligrosa: ¡se mueve el mundo!
Los médicos le llaman vértigo. Dicen que lo genera unas piedritas fuera de su sitio en el oído interno. Puede que influya pero el cerebro podría adaptarse a la señal errónea y desconsiderarla. El oído interno con las piedritas generando falsa información sugeriría que el mundo se ha movido pero un cerebro sensato interpretaría correctamente que la habitación está quieta y que es el individuo el que se ha movido.
Las explicaciones de enfermedad impiden la habituación, los filtros. Mantienen la alerta y propician la peor de las interpretaciones ante la duda. El mundo parece moverse estando quieto, oímos ruidos habiendo silencio y nos duele ponernos de pie aun cuando la columna no corra peligro.
No le quiero decir lo que puede suceder si la incertidumbre se consolida como convicción de enfermedad misteriosa, insoluble, incomprendida…
Facilite el trabajo a su cerebro. No le caliente la cabeza con expectativas y convicciones de enfermedad cuando no la hay.
Amplifique sus relevancias y filtre lo que sólo sirve para mortificar si le presta atención.
Comentarios (14)
Los comentarios están cerrados.