Comida incierta

A través de la deglución interiorizamos selectivamente el exterior. Ello conlleva el riesgo de introducir con lo comido tóxicos y gérmenes. Si el organismo detecta indicios de peligrosidad en lo ingerido o valora señales de enfermedad en las horas siguientes se activa la respuesta defensiva del vómito para minimizar los daños.
Como sucede con el resto de respuestas defensivas hay una tendencia al exceso, por motivos obvios de supervivencia. Hay muchas ocasiones en las que se activa el vómito sin que nada lo justifique… salvo la decisión preventiva del organismo de buscar seguridad. Las crisis de migraña se acompañan frecuentemente de náuseas y vómitos. Muchos niños expresan “lo migrañoso” a través de dolorimiento abdominal y vómitos. Con los años el dolor pasa de las tripas a las extremidades (“dolores de crecimiento”) y finalmente a la cabeza. ¿Por qué hay dolores con vómitos y otros sin ellos? El dolor de muelas, la neuralgia del trigémino, el dolor facial atípico, son dolores terribles pero no cursan con nauseas. El dolor “músculoesquelético” tampoco asocia incitación o apremio a librarse de lo comido. Hay una lógica. El organismo activa el vómito cuando valora incertidumbre en lo comido, tras detectar determinadas señales de peligro interno. El vómito es contagioso. Basta oler vómitos ajenos para que se active la náusea. Comemos en grupo y compartimos riesgos. El grupo que vomita unido tiene más probabilidades de sobrevivir. Es evidente que la activación del dolor y el vómito en la migraña no tienen justificación biológica. No hay daño consumado ni inminente ni la comida contiene incertidumbre. Sencillamente, el cerebro gestiona de modo alarmista e irracional algunos programas defensivos. Dicen ahora que la migraña es debida a intolerancia a algunos alimentos. A través de un análisis sanguíneo detectan el rastro inmune de esa intolerancia específica hacia uno o varios alimentos o el déficit en una enzima que neutraliza algunas aminas biógenas. Entre los desencadenantes clásicos (queso, chocolate, alcohol…) los remilgos inmunes y los déficits de inactivación de aminas, los alimentos se han vuelto altamente sospechosos, extremadamente inciertos. Para nuestros ancestros la comida era incierta por ser escasa y competida. Ahora la comida es incierta por el miedo con que es recibida por un organismo amedrentado por lo que se dice de ella. Si alimentamos el miedo somático a los alimentos alimentamos migrañas, vómitos cíclicos y otros despilfarros absurdos. El entorno garantista moderno se lo puede permitir. Podemos residir en un organismo gestionado por un cerebro melindroso con las comidas porque ya no hay que cazar para reponer lo eliminado. Los cerebros remilgosos temen especialmente la comida que más gusta al usuario… - Me encanta el queso curado pero no puedo comerlo… Cada vez que lo hago me cuesta una crisis de migraña… El recurso al chivo expiatorio calma muchas angustias: - ¡Era la ternera! Me hicieron el análisis y me dio positivo. Desde que la evito ya no tengo migrañas… La comida siempre será incierta. La función del cerebro es gestionar la incertidumbre con sensatez sin tirar del vómito ante cualquier duda. Dicen los neurólogos que la insensatez del cerebro migrañoso es cosa de genes insensatos que ven peligro donde no hay y de individuos que no quieren reconocer que habitan un organismo insensato y se empeñan en hacer vida normal sabiendo que eso la convierte en un infierno. - ¿Comida incierta, dice? No le entiendo…
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